Palabras rápidas

No perder la capacidad de emocionarse. Aunque tan sólo sean un par de veces contadas. Impedir que el tiempo nos robe el placer de sentir la música a través de la inocencia. Disfrutar. Sin más.

El sábado estuve viendo la gira Las Palabras Vividas de Quique González a su paso por Guadalajara.

He estado recordando desde cuándo escucho a Quique González. Aunque ya no es mi elección diaria, recurro a su música cada pocos meses. Son muchos años los que he convivido con sus discos. Y por extensión los he asimilado en momentos buenos de mi vida y en otros no tanto. Me ha salvado no en pocas ocasiones. Puede ser una tontería pero frases como ahora tendré que salir a buscarme alguien que me arranque de cuajo la pena me llegaron en el momento justo y a fe que le hice caso (costó, pero lo hice).

El trabajo que está presentando, nacido de las letras de Luis García Montero, es una perfecta delicia. Hasta este directo lo había escuchado sin mayor interés que el hecho de ser un nuevo disco de Quique González. Sin embargo, verlo en directo y apreciar los detalles que lo envuelven me ha hecho querer tenerlo (me lo he comprado) y querer seguir buceando es sus notas y en sus textos. Tengo la sensación que la música de uno se nutre de las palabras del otro y viceversa.

El directo es un caramelo para los fans. No sólo visitan Las palabras vividas sino que recorre -como es habitual- parte de su discografía, en otras tesituras. Alrededor de 2 horas de concierto con un setlist adecuado a teatros, en los que Quique se hace querer. Rodeado de grandes músicos (Diego Galaz, Cesar Pop, Toni Brunet, disculparme no recuerdo más nombre). Una máquina engrasada a la perfección.

Me ha transmitido hechuras de gran banda. He pensado en gente como Glen Hansard (y la calidez de sus directos), Van Morrison (por la idea de él, no le escucho en realidad), Bruce Springsteen (con sus sesiones en Dublin), Gary Moore (y -por ejemplo- su Parisienne Walkaways) o John Mayer (con la guitarra final de Slow dancing in a burnig room). Todo ello sazonado de americana menos fronteriza, bluegrass, tradición irlandesa en las cuerdas, poesía cotidiana y apuestas fuera de su zona de confort.

Un alto en el tiempo para simplemente gozar y dejar que la piel se erice y los recuerdos, agridulces, te vuelvan a susurrar que sin tu camino no serías quien eres.

Sin memoria no se puede mirar al futuro.