El color equivocado

Elegía la ficha verde. Nos sentábamos en el suelo con las piernas cruzadas como indios. Yo elegía la azul y él la verde. Nunca confesó que no le gustaba ese color. Tirábamos los dados. Hacía trampas, muchas. Me engañaba al contar pero siempre para hacerme ganar o para no hacerme perder demasiado pronto. ¿Juego de azar?. Me enfadaba mucho cuando perdía. Celebraba en exceso cuando ganaba. Hoy en día sigo siendo así. No sé perder. No sé ganar. Recuerdo las risas. Hacer el tonto. Gritar emocionada. ¡No grites!. Volver al inicio. Contábamos casillas. Él sumaba. Contar era tan cansado. Yo arrastraba las fichas. Mi turno. ¿Dónde has estado desde entonces?. Una y otra vez me lo he preguntado. Una y otra vez jugábamos. Tres más seis son siete. Lo eran. Casilla final. También te enfadabas. No podías evitarlo. Pero volvías. El dado fuera del tablero no vale. Vuelve a tirar. Tira otra vez, ese número no es bueno. La vida no da segundas oportunidades. Nosotros si. Una noche no viniste a jugar. Saque el tablero de la caja y coloqué las fichas. La verde no. Use la roja. La partida no fue igual. Perdí. Perdí. Y volví a perder. Me tumbé en el suelo. Mirando al techo. Sume los dados. Nunca más me harías trampas. Ahora juego con las verdes. Tampoco me gusta ese color.

Instantes

No sé si tengo pena o curiosidad. O ambas cosas. Llevamos charlando más de media hora. La mitad de ese tiempo suele ser suficiente para saber si el tipo me gusta o no. Es mi norma no escrita. No malgastar el tiempo en improbables polvos. Al menos la conversación es cómoda.

Hemos quedado en un bar del centro. Uno de tantos modernos que restan personalidad al barrio. Copia de la copia de la copia. Cuando empecé a quedar con hombres -si me oyera mi madre- una amiga me aconsejó Nunca quedes en tu casa, puede ser cualquier puto chalado. Y así lo hago. Me cito en bares, restaurantes y en alguna ocasión en el mismo hotel. Pero siempre lejos de mi casa.

El bar, gastrobar, se está llenando, son casi las 9 y la ciudad se empieza a animar. Los jueves son los nuevos jueves. ¡Viva la globalización!. Nos sentamos en la barra, en los taburetes altos, junto a la ventana en el último rincón. Él ha pedido una cerveza, un doble, y yo un vino blanco, espumoso. Luz indirecta. Hilo musical con aires de swing y bossa nova. Cuadros con niebla en al pared. Frío en la calle. Bao en las ventanas. Somos todo cliché. ¿Debería irme?. Me pierdo en lo evidente de la pregunta cuando le escucho mencionar a su hija.

Tiene una hija. Creo que se le ha escapado. No es el tipo de información que una espera. Unos minutos más y me voy a casa. Jodida cortesía. Una vez escuché a unos amigos que habían sido padres recientemente que a los niños hasta los 2 años crecen en meses y después en años. Me animo a preguntarle, para terminar, a pesar de que le noto incómodo.

– ¿Qué tiempo tiene, tu hija?.

– Primavera.

Primavera. En mi cabeza decido que hoy no. Necesito cubrir una necesidad, física, anónima, libre de sentimientos. Según termine la copa de vino, antes de volver a la ciudad, le bloquearé.

O tal vez no.

– La estación de la vida- suspiro, lo suficientemente alto para que me escuche. En verdad me ha enternecido. No lo disimulo. Sin pensarlo y con cierta sorpresa pregunto de nuevo -¿Y su madre?.

Esta curiosidad no es propia de mi. Quiero saber.

Mira a un lado de la barra y luego clava su mirada en mi copa. Con un gesto mecanizado en el tiempo se acaricia el dedo de la alianza que ya no viste, como si notara su olvido al igual que un miembro amputado. Lo hace sin percatarse en absoluto, sería capaz de negarlo y no mentir por ello.

-Murió, hace un añ… de cáncer- Se atraganta un poco y carraspea tragando saliva. -Mi mujer, mi ex- se afana en matizarlo- fue muy rápido-. Aprieta la mandíbula. Contrae la sien. Más tiempo. Calma. Noto como resetea su mente. No debe ser fácil para él. -Mi hija -hace una pausa- mi hija tiene 6 años, es pura dulzura.

– No aparentas ser padre de una hija de 6 años, de 5 y medio- Respondo al instante. La broma libera un poco de tensión. Quiero ser amable pero no condescendiente.

Sonreímos.

Pero en un instante, cambia. Lo he notado.

– Puedes irte cuando quieras -habla atropelladamente- y perdóname por ser tan personal. No debemos hablar de nuestras familias. Mantener la distancia. El espacio personal. No es la primera vez que quedo así y todos sabemos a lo que venimos, si hay consentimiento muto, ya me entiendes, no me malinterpretes.- Suena algo confuso. Perdido en un ciclón de ideas encontradas.

Pero me lo ha escupido a la cara, como una bomba de racimo. Metralla directa a mi ego. Me jode. Me sorprende y me jode. Pongo mi mejor cara y no dejo de mirarle a los ojos.

Sólo se permite mirarme unos segundos. Apura su cerveza.

-Prometí ser sincero -habla casi susurrando- siempre, no importa que situación, me lo prometí a mi mismo y a fe que me cuesta -cierra los ojos y respira profundamente-de verdad que me cuesta. He quedado más veces para, para follar, es una red cojonuda, por eso estamos aquí, pero contigo no puedo. Contigo no puedo. O no quiero. Follar.

La confesión me revienta las entrañas. 5 minutos atrás quería irme, 5 minutos adelante me rechazan. ¿En que momento he perdido el control?. Sin tiempo para asimilar el abismo entre la ternura y la crudeza. Consigo que me aguante la mirada. Mirarse es tan importante como tocar.

Noto calor en sus ojos

Y cierto rubor en sus mejillas.

Me quedo expectante. Ambos estamos confusos. O confundidos. O gilipollas sin más.

– ¿No puedes? ¿conmigo?. ¿Por qué?.

No duda.

-Porque sé que me vas a gustar, a gustar mucho y me siento mal, muy mal. Un hijo puta infiel. No tiene lógica. Hace tiempo. Aunque quién coños sabe medir el tiempo, mucho, poco. Ya no está. No estará. Nunca. Es la puta realidad. Pero noto la bilis, la traición. Tengo miedo de borrar su recuerdo y sobre todo pánico de no saber vivir. A ser un jodido egoísta. Joder. Mierda. Coño.  Sólo digo tacos cuando estoy nervioso.

Suelto una sonora carcajada.

Ya es mío.

Nunca he entendido porque buscamos en lugares imposibles o dejamos de anhelar lo que queremos, más allá de nuestra piel. Han pasado 5 años, como esos 5 minutos.

Todo y nada.