Si tienes unos años

Haciendo hueco. El último disco que he escuchado es The Night Chancers de Baster Dury (web oficial).

Es un álbum publicado en este mismo 2020. Me ha gustado. Algo más de media hora en el que hace gala de su voz profunda y su acento londinense, sonidos urbanos, nocturnos y en momentos hasta sensuales (supongo que si tienes una edad). A mi me ha hecho pensar en Brian Ferry y sus Roxy Music, en Donald Fagen y en grupos más actuales como Sleaford Mods y The Streets.

Baxter es hijo de Ian Dury. No creo que tenga más importancia para escuchar este disco o los otros 5 que tiene publicados. Es quién es y punto, por un lado le abriría puertas y por otro esas bisagras se accionarían bajo la sombra de las comparaciones. La vida misma. Pero había que mencionarlo.

Un buen disco para estar confinado.

En casa, con tiempo y una cerveza

Llevo unas semanas escuchando nuevos discos de grupos que ya conocía y uno de un artista que no. Este disco desconocido para mi es Dark Matter de Moses Boyd (Web oficial).

He llegado a él sin conocer nada de su existencia, ni artista, ni música. Alguien en Spotify lo estaba escuchando y me apunté el nombre para otro momento. Ha coincidido con que mi mujer me está regalando una colección de vinilos de Jazz, de Blue Note. Clásicos. Y estoy volviendo a recuperar este estilo que tenía algo olvidado (y, si, a mi me gusta). Con estos preliminares es comprensible que estos artistas, con lecturas nuevas sobre el jazz y sus fusiones, me saquen de mi zona de confort musical. Si además me sorprenden, siento la necesidad de dejar constancia.

De ahí esta entrada. Sencillamente decir que me Moses Boyd me tiene enganchado.

Sé que no estoy contando nada. De momento me conformo con tener pendiente su dúo de Jazz, Binker & Moses, y con escuchar este disco, mezcla de jazz, funk, pop, electrónica, rock, afrobeat, grime,…

 

 

(Yo) Nosotros nos quedamos en casa.

Palabras rápidas

No perder la capacidad de emocionarse. Aunque tan sólo sean un par de veces contadas. Impedir que el tiempo nos robe el placer de sentir la música a través de la inocencia. Disfrutar. Sin más.

El sábado estuve viendo la gira Las Palabras Vividas de Quique González a su paso por Guadalajara.

He estado recordando desde cuándo escucho a Quique González. Aunque ya no es mi elección diaria, recurro a su música cada pocos meses. Son muchos años los que he convivido con sus discos. Y por extensión los he asimilado en momentos buenos de mi vida y en otros no tanto. Me ha salvado no en pocas ocasiones. Puede ser una tontería pero frases como ahora tendré que salir a buscarme alguien que me arranque de cuajo la pena me llegaron en el momento justo y a fe que le hice caso (costó, pero lo hice).

El trabajo que está presentando, nacido de las letras de Luis García Montero, es una perfecta delicia. Hasta este directo lo había escuchado sin mayor interés que el hecho de ser un nuevo disco de Quique González. Sin embargo, verlo en directo y apreciar los detalles que lo envuelven me ha hecho querer tenerlo (me lo he comprado) y querer seguir buceando es sus notas y en sus textos. Tengo la sensación que la música de uno se nutre de las palabras del otro y viceversa.

El directo es un caramelo para los fans. No sólo visitan Las palabras vividas sino que recorre -como es habitual- parte de su discografía, en otras tesituras. Alrededor de 2 horas de concierto con un setlist adecuado a teatros, en los que Quique se hace querer. Rodeado de grandes músicos (Diego Galaz, Cesar Pop, Toni Brunet, disculparme no recuerdo más nombre). Una máquina engrasada a la perfección.

Me ha transmitido hechuras de gran banda. He pensado en gente como Glen Hansard (y la calidez de sus directos), Van Morrison (por la idea de él, no le escucho en realidad), Bruce Springsteen (con sus sesiones en Dublin), Gary Moore (y -por ejemplo- su Parisienne Walkaways) o John Mayer (con la guitarra final de Slow dancing in a burnig room). Todo ello sazonado de americana menos fronteriza, bluegrass, tradición irlandesa en las cuerdas, poesía cotidiana y apuestas fuera de su zona de confort.

Un alto en el tiempo para simplemente gozar y dejar que la piel se erice y los recuerdos, agridulces, te vuelvan a susurrar que sin tu camino no serías quien eres.

Sin memoria no se puede mirar al futuro.

Podría haber sido

Ha pasado más de una semana desde que tuve la oportunidad de ver a León Impala presentando su disco El Plan en la sala Moby Dick de Madrid.

He de confesar que su música me gusta. No digo que sea nueva pero si que entronca con buena parte de mi educación musical. Mis principales recuerdos comienzan en los 90. En este sentido León Impala me hacen pensar en esos años, añadiendo sonidos más envolventes y atmosféricos, propios de bandas de postrock, shoegaze y dreampop.

León Impala son perfectos para escuchar con detalle y dedicarles tiempo. Desde la distancia parecen un proyecto personal al margen de modas y objetivos comerciales. Esto somos. Esto queremos contar. Aquí estamos. Sensibilidad latente e  hipnótica.

Particularmente me recuerdan a Nadadora en la parte instrumental con más distorsión y en la manera de cantar a Ricardo Lezón. Supongo que por el hecho de ser barítonos y susurrar en algunas estrofas.

Al escribir estas breves líneas sigo teniendo recuerdos agridulces del concierto. No quiero obviarlo. Me hubiera gustado escribir sobre León Impala, las buenas sensaciones que me producen y su directo como perfecta carta de presentación de todo ello. Pero no me sale hablar de su música, sino de cómo se estropean los momentos.

Si habéis ido a ver un concierto que requiera atención posiblemente lo habréis sufrido. No se calla ni dios. Tristemente es cada vez es más habitual y más excesivo. Se ha convertido en la densa niebla que no deja ver el paisaje.

Y es el puto recuerdo de mierda que tengo.