Tom, Stolish y Vero o Bea o tú

Los recuerdos son seres caprichosos que no siempre nos muestran su cara más amable. En los secretos de barra de bar siempre he defendido que la memoria es sabia y gusta de protegerse con los años, distorsionando aquello que nos hizo daño para buscar su sabor más dulce. Sin embargo, en soledad, en el espacio que dura entre un adiós y un hola qué tal, mi foro interno quiere -o necesita- diluir esta fantasía edulcorada y proclamar que los recuerdos también hieren y deben hacerlo. Son la sal de la herida. Es vital ser conscientes de los contrarios y de cómo se necesitan.

Los años me hacen dudar sobre gran parte de mis recuerdos. De hecho soy un animal sin recuerdos. No distingo si viví o imaginé o ambas cosas. Las noches de insomnio rodeadas de alcohol tampoco ayudaron. Hablo más en pasado que en presente -o futuro inevitable-. De aquello fastos sólo ato a mi memoria los que he anclado bajo una canción. La música siempre ha sido el comunicador de mis días. Ya he vivido más de la mitad de mi vida… y no espero vivir más años de los que ya tengo. No es derrotismo, es realidad. Los viviré lo mejor que pueda.

Hace un mes aproximadamente, en el enésimo intento de volver a recuperar este blog, escribí unas breves líneas sobe Tom Waits. Acababa de cumplir 70 años. No me disgustaron pero tampoco me convencieron. Sirvieron más que nada para comprobar mi estado de anquilosamiento. Cimentado en gran parte en la falta de costumbre. El hábito hace mucho. Y sirvieron para despertar de nuevo el gusanillo por publicar (los propósitos de año nuevo están condenados a fracasar). Me falta que coincidan tener algo que contar y querer contarlo. Dejemos al tiempo, tiempo.

Tom Waits me transporta a un verano en el pueblo de mi familia. Cuando la edad no es nada y las experiencias están todas sin mancillar. Me trae de nuevo a viejos y perdidos amigos de esos años. Uno de ellos, Ángel, ni siquiera recuerdo bien si era su nombre, me gustaría que lo fuera. Ángel fue quién me presentó a Tom Waits. No había vuelto a pensar en él -ellos-.

Le rodeaba un halo de misterio intimista y humo prefabricado. Además de grunge, nos corresponde por generación, escuchaba jazz, leía libros de culto -lo sé ahora-, gustaba a las chicas más inaccesibles y públicamente dibujaba un personaje odiado e insultado por nuestro grupo, sin cualquier simpatía posible. También escuchaba a Billy Joel. Pero, por encima de toda la parafernalia cultural que construía a su personaje propio de una distopía juvenil, escuchaba a Tom Waits.

En nuestras andanzas descubriendo la pasión, tal vez obsesión, cuándo salías en grupo, me correspondía a mi ser siempre el perdedor, el tercero en discordia. Como buena historia de madrugada, éramos un triángulo de testosterona adolescente buscando quién nos diera protagonismo. Ángel, el sobrao. Julio, el ligón. Yo, nada. Son recuerdos agridulces. Malgasté muchas noches haciendo el ridículo e imaginando un universo paralelo en el que poder ser todo. O al menos un poco. Poca gente me recordará. Bebiendo vodka, hablando de Bea y lo que -más- pudo ser, pero soñando despierto con Vero -por envidia, que los prefería a ellos dos-, leyendo a Kerouac y a Loriga, entre otros, riendo, viendo Resevoir Dogs, ignorando a Rocío -lo más obtuso que he llegado a ser-, Escuchando problemas, desgastando hombro. Y siendo rechazado. Siendo sinceros mi objeto de deseo debió ser de Ángel, fue de Julio. Ambos mis amigos. Ese verano se rompió el calor.

El rocío de madrugada, la mirada esquiva, el silencio no incómodo, sentir tu deseo, mi sorpresa, el roce de la piel, la pérdida de voluntad, la respiración convulsa, tu control y tu rendición, mi control y mi rendición, sudor, mucho sudor, el sonido, entrecortado, no rítmico, más sudor, más sonido, más piel, mi momento y el tuyo, el olor después, y el olvido, la soledad y el olvido.

Nunca me quedé con la chica.

Me gusta cierto caos narrativo, no corregirlo. Que se note que no somos profesionales ni pretendemos serlo. Algún día hablaré de mi pareja. Las coincidencias nos unen, las diferencias nos subliman. Es la historia con mayúsculas que todos debemos contar, sino te equivocas de persona. Pero no es la historia de hoy.

No escucha a Tom Waits…

Yo si.

El Tito Tom lleva la friolera de 70 años en este mundo y no pocos componiendo. No he escuchado todos sus discos, mi abanico musical es exagerado y me cuesta centrarme en un artista o en un estilo determinado. Tengo mis favoritos y recurro a ellos periódicamente. Tom Waits es uno de ellos (no el que más, lo reconozco). Hasta la fecha me quedo con Closing Times, Small Change, Blue Valentine, Swordfishtombones y Rain Dogs. Del ’73 al ’85 (si no me equivoco con las fechas).

¿Una canción de Tom Waits? Romeo is bleeding.

Objetivamente no será su mejor canción, ni siquiera fue la primera suya que escuché, pero si es la que quiero que lo sea. De nuevo, la memoria es caprichosa. Pero los caprichos se pueden malear. Con esta canción empecé a dejarme seducir por su voz de bourbon, su fábula, su vodevil, su rugido, su voz atropellada, su excéntrica manera de crear historias, de hoy, de ayer, de siempre, de las que no protagonice y hubiera matado por, empecé a anhelar la noche eterna, el primer gusto amargo, los recuerdos distorsionados, el saberme no admitido ni encajar en ello, a distanciarme de los sentimientos moribundos, a amar la música no importa su año (no es verdad, lo hice con Jeremy de Pearl Jam, ningún amante es sincero), a amar lejos de la esclavitud del día a día, con oídos necios a palabras sordas, a valorar la perspectiva y sobre todo a inventarme lo que no soy capaz de recordar.

Como hoy.

Tras tres o cuatro años no volví a saber de esos veranos, si de su música. No tengo propósito de encontrarles. El pasado, pasado es. Me ha apetecido vomitar parte y enmascarar otra. Terapia dummie. Por supuesto, nadie ha sido dañado durante la ejecución de estas palabras y bla bla bla.

Porque publicar es una pequeña burla a mi timidez. Siempre he intentado ser valiente con mis miedos, por muy estúpidos que sean y tantos colores que me puedan pintar. Tal vez, sólo tal vez, Romeo siga sangrando…

siempre.