Tiempo #7

Aparto la mirada del fluorescente y durante unos segundo mis ojos sólo ven luz. Intensa. Blanca. Casi dolorosa. Memorizo la escena en busca de una respuesta. Fluorescente. Mesa. Espejo. La intensidad cesa. Dos sillas. Una puerta. Inclino la cabeza hacia atrás y vuelvo a mirar la luz. Tenso el cuello hasta su límite. Pierdo la pupila deslumbrado hasta que se diluye en mi visión. Repito la escena dos o tres veces inconscientemente. Me estoy debilitando y siento que el tiempo se acaba. Cada segundo, cada peso de las manecillas es el último. Echo de menos un punto de referencia. Alguien me susurra al oído y me rescata de mis pensamientos. Ignoro sus palabras. Su voz es lo que me interesa, ni siquiera su presencia es necesaria. Es impersonal o tanto como pretende. Cuesta diferenciar los matices. Atrapo parte del eco. Es minúsculo, casi insignificante, pero es un comienzo al fin y al cabo. Me aferro a ella con todas mis fuerzas. ¿Dos puertas?. Regreso al fluorescente. La calefacción está alta. Hace calor. Una gota de sudor resbala por mi frente. Dibujo su recorrido para poder concentrarme de nuevo. Atisbo un vaso de plástico sobre la mesa. Está vacío. Mi boca reseca da fe. Pero no encaja. Nada de utensilios. Por qué iban a tenerlos. Mi mente está densa. Petróleo crudo. Sigue sin encajar. Sin sentido. Un sueño dentro de un sueño. De mi sueño. El fluorescente parpadea. Siete segundos. Contar es un acto involuntario. ¿Acaso he encontrado la frecuencia?. Mis ojos observan. Luminosidad encarcelada. Agotamiento. No he movido mi cuerpo en horas. Busco el fluorescente. Consciente. Cuento. Mil tres. Luz. Mil cuatro. Blanca. Mil cinco. Intensa. Mil seis. Parpadeo. Siete segundos. Una puerta.

Siempre hay una salida.

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