El color equivocado

Elegía la ficha verde. Nos sentábamos en el suelo con las piernas cruzadas como indios. Yo elegía la azul y él la verde. Nunca confesó que no le gustaba ese color. Tirábamos los dados. Hacía trampas, muchas. Me engañaba al contar pero siempre para hacerme ganar o para no hacerme perder demasiado pronto. ¿Juego de azar?. Me enfadaba mucho cuando perdía. Celebraba en exceso cuando ganaba. Hoy en día sigo siendo así. No sé perder. No sé ganar. Recuerdo las risas. Hacer el tonto. Gritar emocionada. ¡No grites!. Volver al inicio. Contábamos casillas. Él sumaba. Contar era tan cansado. Yo arrastraba las fichas. Mi turno. ¿Dónde has estado desde entonces?. Una y otra vez me lo he preguntado. Una y otra vez jugábamos. Tres más seis son siete. Lo eran. Casilla final. También te enfadabas. No podías evitarlo. Pero volvías. El dado fuera del tablero no vale. Vuelve a tirar. Tira otra vez, ese número no es bueno. La vida no da segundas oportunidades. Nosotros si. Una noche no viniste a jugar. Saque el tablero de la caja y coloqué las fichas. La verde no. Use la roja. La partida no fue igual. Perdí. Perdí. Y volví a perder. Me tumbé en el suelo. Mirando al techo. Sume los dados. Nunca más me harías trampas. Ahora juego con las verdes. Tampoco me gusta ese color.

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