Podría haber sido

Ha pasado más de una semana desde que tuve la oportunidad de ver a León Impala presentando su disco El Plan en la sala Moby Dick de Madrid.

He de confesar que su música me gusta. No digo que sea nueva pero si que entronca con buena parte de mi educación musical. Mis principales recuerdos comienzan en los 90. En este sentido León Impala me hacen pensar en esos años, añadiendo sonidos más envolventes y atmosféricos, propios de bandas de postrock, shoegaze y dreampop.

León Impala son perfectos para escuchar con detalle y dedicarles tiempo. Desde la distancia parecen un proyecto personal al margen de modas y objetivos comerciales. Esto somos. Esto queremos contar. Aquí estamos. Sensibilidad latente e  hipnótica.

Particularmente me recuerdan a Nadadora en la parte instrumental con más distorsión y en la manera de cantar a Ricardo Lezón. Supongo que por el hecho de ser barítonos y susurrar en algunas estrofas.

Al escribir estas breves líneas sigo teniendo recuerdos agridulces del concierto. No quiero obviarlo. Me hubiera gustado escribir sobre León Impala, las buenas sensaciones que me producen y su directo como perfecta carta de presentación de todo ello. Pero no me sale hablar de su música, sino de cómo se estropean los momentos.

Si habéis ido a ver un concierto que requiera atención posiblemente lo habréis sufrido. No se calla ni dios. Tristemente es cada vez es más habitual y más excesivo. Se ha convertido en la densa niebla que no deja ver el paisaje.

Y es el puto recuerdo de mierda que tengo.

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