martes, 5 de febrero de 2013

Deseo

De nuevo en el teatro (Teatro Cofidis) y de nuevo con buenas sensaciones. A una semana vista el balance de lo pros y los contras me hacen ver que mereció la pena ver Deseo con Emma Suárez, Luis Merlo, Gonzálo De Castro y Belén López.

En mi continuo aprendizaje personal sobre el  teatro, Dummies a escena, el capítulo de hoy corresponde a El quinto protagonista: el escenario. En esta obra se me antoja importante. Detonador de reacciones y emociones. En él los personajes experimentan sus cambios de deseo. Acotar al ser humano en el tiempo y el espacio provoca la consecución de situaciones. Me gustó aunque en alguna ocasión abusó un poco del tiempo.

Me ha gustado Emma Suárez, pero no soy objetivo, siempre me ha gustado y era el principal reclamo para ir al teatro. Me sorprendió positivamente Luis Merlo, me creí su papel. Me sorprendió sobre todo por su buen hacer y en menor medida por el desconocimiento que tenía de este actor más allá de su faceta televisiva -la cual tampoco he seguido casi-. Algo similar me sucedió con Belén López, pero con sensaciones más correctas. Identifica el estereotipo de su personaje. En último lugar, no me termina de convencer Gonzálo De Castro, sin que eso signifique que haga mal su trabajo, sólo que no termino de conectar con él.


Nada más salir del teatro tenía la sensación de que la obra no profundizó en las emociones humanas todo lo que debía o al menos lo suficiente para quitarme la sensación de superficialidad (y posterior final previsible, aunque quede algo abierto). Esta sensación proviene en gran parte de que no sabía sí la obra giraría hacia la comedia al más puro estilo matrimoniadas o hacia la tragicomedia. Esperaba más bien lo segundo. Unas semanas después la supuesta superficialidad no me parece tanta, es decir, no escarba en los personajes pero nos da los elementos suficientes para que cada uno lo hagamos. Esperaba una visión de emociones porque el factor escándalo en el sexo y las parejas -para mi- no es tal escándalo, o al menos así tratado.




Como me noto con verborrea mental -sorry- y no tengo muy claro lo que quiero hacer con esta entrada. Si los personajes fueran párrafos:

El deseo en nuestro imaginario actual está íntima y casi exclusivamente ligado al instinto sexual. La necesidad por obtener bajo nuestra piel cuerpos ajenos se sublima para quiénes sienten el compromiso como una cárcel de exclusividad. Desean todo aquello que la rutina les ha robado, en un alto tanto por ciento por no haberlo sabido alimentar. Hace ya demasiado tiempo que su día a día sucumbió a la pereza. La misma clase de pereza que mata a las personas y las ahoga en la cotidianidad del aburrimiento. Pero siempre sin perder su actual estatus. La vida que han construido sobre cientos de mentiras. Un excelso ejercicio de egoísmo.

Sin embargo el deseo no es patrimonio de los infieles -por denominarlos de alguna manera-, sino que es potestad de los seres humanos, de todos los seres humanos, incluso de los que pagan el precio de sus actos y pierden aquello que arriesgaron impunemente. ¿Cómo nace este nuevo deseo en ellos, tan distinto y tan semejante? ¿cómo de la noche a la mañana se despierta como un huracán devastador? ¿cuál es su germen original?. Es bien sabido que el tiempo en soledad -no elegida- atormenta demasiado al espíritu. En este supuesto la soledad es uno de los aliados del Deseo. Nos empuja a él. A corto plazo una colección de amantes eventuales alivia y reconforta, al menos el mismo tiempo que el calor de una ducha permanece sobre el cuerpo. Pero el deseo, siempre el Deseo, el mismo que nos empuja a un horizonte nuevo, nos hace anhelar el pasado. A revivir los recuerdos más hermosos y ansiar el calor aún latente de la pareja.


No importa que disfraces el deseo de odio ante la venganza del herido. Las pasiones tienen la malsana costumbre de extender y entremezclar sus hilos las unas con las otras. Surgen daños colaterales y víctimas secundarias, cuyo papel es ser protagonistas. Porque el deseo es caprichoso y atormenta a quién cree tenerlo aletargado. A quién en su vida, feliz, encuentra en su otra mitad todo aquello que conoce. Hasta que la vida le sitúa en encrucijadas en las que la elección es una obligatoriedad y uno no sabe si la vida se mide en medias naranjas, docenas o por el contrario en dos o tres gajos. Entonces el deseo nace desde el dolor y la depceción, e irrumpe arrasándolo todo. Aquello que no despertaba nuestro interés se convierte en objetivo vital.

Plasmando el deseo en personajes, de eso se trataba, reflejar e identificarnos en la mayor medida de lo posible en uno de ellos, queda la última y cuarta incógnita de la ecuación. Es la más clara. O no. Protagonismo, inconstancia y Deseo. Todo ello como imagen pública. Sin ahondar en la superficie. Un ejercicio de huida y ocultación. ¿Qué nos empuja a ser ese animal que detestamos? Somos el detonador de la carga, decidimos cuándo, cómo y a quién. Nuestra victoria son sus derrotas. Pero puede ser una mentira e invertirse las tornas. Somos lo que somos, nos guste o no, víctima y verdugo en una misma línea temporal, o sencíllamente, nos guste sí o sí, sin más, por mucho que choque frontalmente con los supuestos valores de nuestra sociedad.

Porque el Deseo, al fin y al cabo, es deseo y mucho más.

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