Abro los ojos y dejo que mis pupilas
se acostumbren poco a poco a las sombras y a los fluorescentes
distribuidos a lo largo del corredor. Puedo escuchar el monótono
ruido de los tubos cada vez que parpadean y oscurecen por milésimas
aún más el pasillo. Sigo adormilado. Me siento víctima
intermitente del tiempo y la imagen. Como si me hubieran robado
los pasajes impares del libro de mi vida y tuviera que rellenar los
huecos vacíos con suposiciones.
Calculo unos veinte metros de distancia
hasta el final del pasillo. Desconozco el motivo, pero debo ir hasta
el otro extremo. La composición del lugar no inspira confianza.
Siete puertas, tres a la izquierda, cuatro a la derecha, todas ellas
cerradas, de madera con recuadros grabados por encima y debajo del
pomo de cobre gastado. Baldosas en el suelo que nadie se preocupa en
encerar, colocadas siguiendo sendas nada recomendables para
trastornos mentales. Un lugar inhóspito abandonado al caer la noche,
dejado de la mano de Dios, sin frío, sin calor.
Una imagen se graba por un segundo en
mi cabeza, como un latigazo viene y se va. Comienza mi peregrinaje.
Su cara, blanca, demasiado blanca, e inexpresiva. El mismo efecto que
produce un flash disparado a escasos dos centímetros del objetivo.
Pierdo el equilibrio y me apoyo con la mano izquierda en la pared. En
el mismo instante que siento el tacto del papel un olor invade mi
atención. ¿Almizcle? ¿rosas? ¿azahar?. Se apoderan de mi
voluntad.
Apoyo la mano con más fuerza. El olor
cambia. Huele a provocación, a erotismo, a perfume esparcido por tu
piel después de la ducha. Deslizo la mano sobre la pared mientras
camino. Mi pituitaria acaricia cada parte de tu piel. Recibo estímulos cambiados y pienso en la sinestesia del alma. No quiero
perder el control y fijo mi mirada en mis dedos tensos. He arañado
el papel de la pared.
Una ola de calor recorre mi brazo.
No me quema, es agradable, casi un cosquilleo. Mi piel se eriza,
cómplice del bello. No necesito este ardor, pero es demasiado tarde
y conquista mis mejillas. Me imagino ruborizado. Miro mi cuerpo.
Estoy ligéramente doblado, enjuto. Cada parte de mi cuerpo que miro
experimenta una subida de temperatura. De niño soñaba con
superhéroes, rayos x en los ojos y todos los superpoderes
inimaginables. Ahora vuelvo a estar equivocado. Mis córneas tamizan mi piel. Cierro los párpados y
respiro profúndamente. La boca me sabe a fresas.
Salivo y recorro con mi lengua la zona
interior de mis labios. No encuentro sabor alguno. Estoy
desconcertado. Mi cerebro se ha colapsado. Caigo en la antesala del
pánico y comienzo a hiperventilarme. La respiración acelerada,
sonora, arítmica. Vuelvo a notar el sabor. Los sabores. Fresas.
Cacao. Uvas. Miel. Avellanas. Vainilla. Canela. Tengo sed. Contengo
la respiración y mis papilas gustativas vuelven a la normalidad. No
queda ningún eco del frenesí. Sin testigos no hay delitos.
Tímidamente busco con mi lengua sobre
el filo de mis dientes, siguiendo la cordillera de esmalte que
conforman las coronas. Por segunda vez lo escucho. Instintívamente
inclino la cabeza para orientar mejor mis oídos y poder descifrar el
susurro. Ahora estoy seguro, antes lo había escuchado también. Sin
embargo nada. Tan sólo silencio. Muerdo mi lengua y un canto agudo
pero hermoso resuena en el pasillo. La acústica es perfecta. Imagino
a Ulises atado al mástil de su barco huyendo de las Sirenas, pero yo
no estoy atado, no tengo navío, no soy Ulises. Sigo tu nombre.
Un paso, dos pasos, tres pasos,
cuatro... He deseado escuchar de nuevo tu voz. Tu imagen vuelve a mi
mente. Ya no es tan fría, ya no es tan blanca, ya tiene expresión.
Te dibujo sonriente, hermosa, llena de vida. Con tu pelo negro y liso
cayendo sobre los ojos, y la comisura de los labios en forma de
interrogación, escondiendo un pequeño misterio.
Nunca seré capaz de entenderte. Te
observo mientras tu mano agarra mi brazo. Hemos llegado al final del
pasillo. Las puertas se han abierto de par en par y de ellas nacen
diferentes luces. Rojo. Cian. El orden no importa. Magenta. Amarillo.
¿Cuál era tu preferido?. Azul. Verde. El tiempo tampoco es
relevante, pasado, presente, futuro. Negro. ¿Negro?.
Debo ir hasta
esa puerta, deshacer mis pasos erráticos. Lo deseo. Pero no me dejas mirar atrás y evitas que mi estatua de sal
sucumba ante los sentidos. Los mismos sentidos que me privan de la
razón. Ya no distingo mentiras.
¿Por qué has venido?.