Al final del verano, cuando el sol se resiste a perder su reino y las hojas comienzan a anticipar el inminente cambio de estación, las gentes del pueblo gastaban sus últimos días intentando no pensar en la dureza de este próximo invierno, el primero de la postguerra. La comarca había sido duramente castiga por el régimen fallido y en su huida al infierno se preocuparon en deja su tarjeta de despedida. Crueldad, desolación, represión, ponzoña, muerte y sobre todo desconfianza, entre vecinos, entre hermanos, entre amantes, la semilla del mal germinando en nuestros corazones. Las personas no cambian, pero dejan de ser humanos.
Por las tardes, a última hora, cerca de las ocho de la tarde, cuando el calor era menos sofocante Jacomo se acercaba al viejo embarcadero del Tío Filipe. Un lugar abandonado por el tiempo y los marinos de agua dulce, destartalado y carcomido, como sí el sentir de nuestro pueblo se hubiera reflejado en él. Nadie lo visitaba, ni para navegar, ni para pasear, ni para tan siquiera contemplar la orilla del río que en su paso era especialmente hermosa. Cuentan que más de la mitad del pueblo fue sentenciado a morir sobre esas maderas, fusilados, degollados, asesinados sin piedad como escarmiento y represión pública. Por ese motivo era evitado, menos por Jacomo.
Jacomo era un joven de unos diecinueve años, guapo y atlético, con el pelo negro y los ojos profundos. Su carácter era reservado, no hablaba en exceso y poco se sabía de sus actos. Estaba rodeado de un halo de misterio que hacía más excitante su personalidad. Al inicio de la invasión, sus padres habían sido acusados de colaboración con el enemigo y traición al estado. Nunca se demostró, fueron usados como cabezas de turco por la sed de venganza del pueblo todavía no sometido del todo, su vía de escape y protesta. Una noche se tomaron contada venganza y mataron a los padres de Jacomo, a Él le permitieron vivir, no pudieron sesgar la vida de un niño de diez años. En verdad le condenaron a vivir bajo el estigma del traidor. Ahora que el pueblo era
libre nada había cambiado, le trataban como al paria, el no deseado, el mal necesario para unir a quienes nunca podrían volver a ser inocentes.
Como no podía ser de otra manera, todas las mujeres del pueblo estábamos enamoradas de él, en mayor o menor medida, todas le deseábamos y en alguna ocasión habíamos fantaseado con Él. Yo no era una excepción, pero no sólo anhelaba su cuerpo sino su corazón. Moriría por Él. Nunca creí la historia de sus padres. Fue una artimaña para robarles sus tierras, un paraje fértil y bien situado junto al río, ahora propiedad del alcalde. Jacomo malvivía trabajando en los campos, aceptando todos los trabajos que nadie quería desempeñar y cobrando por ello menos de lo que nadie aceptaría. Trabajaba de sol a sol hasta este momento en el que venía al muelle. Buscaba la paz y la soledad que el resto le negábamos, lejos de las miradas reprobatorias y del odio de los cobardes. Nunca se ha fijado en mi, apenas hemos charlado dos o tres veces y nada más lejos de un simple
Hola o un
Buenos días. En mis sueños nos hemos confesado nuestro amor. Sonrío, yo he confesado mi amor y he imaginado el suyo.
En el muelle siempre repite la misma rutina como si de una ceremonia vital se tratase. Se desnuda por completo salvo su ropa interior y salta de cabeza al río desde la barandilla final del muelle, nada durante unos veinte minutos y regresa al mismo muelle. Una vez sobre su madera, mira a ambos lados, asegurándose de que nadie le observa o tal vez buscando todos los detalles que el paisaje le brinda al mezclarse los colores que el sol proyecta sobre el agua, y termina de desvestirse dejando su cuerpo completamente desnudo. Tiende el calzón sobre la misma barandilla desde la que minutos antes saltara al río y se tumba sobre las tablas con los brazos detrás de la cabeza hasta que sus ropas se secan. Todos y cada uno de los días desde que le descubrí le espío detrás de un árbol desde donde no puede verme.
Una vez se ha marchado, camino hasta el muelle y lo recorro siguiendo el mismo camino de Jacomo, rozando con mis manos las tablas que conforman la valla y me tumbo en donde todavía se dibuja su silueta. Imagino que podía estar pensando, relajado bajo el sol y con su cuerpo expuesto. Viendo pasar las nubes y perdiéndose en la inmensidad del cielo azul. Volando a países en los que nadie le conoce, en los que nadie dispara a un ave en libertad y en los que Jacomo no es más que otro hombre. A veces me duermo y el frío de la noche incipiente me despierta y me sorprende arrebatándome el sueño de un amante que no poseo, devolviéndome a la realidad.
Esta tarde he decidido dar un paso más, arriesgarme y sentir más cerca su presencia. Jacomo está en el agua, en el punto más alejado de su nadar, y yo me he escondido bajo el muelle, dentro del agua. Es una locura, no debería estar aquí. Pienso en volver al refugio de mi árbol, desde el que proyectar mis ilusiones, pero algo en mi interior no me deja ser sensata y me obliga a esta locura que es la vida de una mujer que no ha podido serlo. El miedo me invade, pero ya es demasiado tarde, veo su brazar sobre el agua, ya no puedo desaparecer sin ser vista. Jacomo llega al muelle y como es costumbre asciende por él saliendo del agua. Veo las gotas del agua resbalar pos su cuerpo en tensión por el esfuerzo. Regresan al agua llevándose parte de él. Mi corazón se acelera. Quisiera ser el río que lo ha tenido entre sus brazos. Termina de subir. Busco entre las rendijas de las tablas su cuerpo intermitente mezclado con los rayos de luz que molestan a mis ojos y sin embargo dotan de magia mi visión. Se ha tumbado desnudo. Mi cuerpo se para. Alzo el brazo, a unos centímetros sobre mi está todo aquello por lo que moriría. Este instante vivirá siempre conmigo, se lo he robado al tiempo. Pero me detengo. No tengo el valor suficiente.
Pocos segundos después escucho el remar de un bote. Alguien se acerca remontando la corriente calmada del río. Me escondo tras uno de los pilares y maldigo la mala suerte que pone fin al mejor momento de mi vida. Jacomo se levanta. Desde mi posición distingo a la persona que se une a nuestro secreto encuentro, es la hermana menor del párroco del pueblo, Isabelle. Me temo lo peor. Es un ser mezquino que no sabe apreciar la belleza y cuya ineptitud le hace querer destruir a todo aquél que sí la entiende y, por supuesto, también está enamorada de Jacomo, pero a diferencia del resto, esos sentimientos la angustian y la hacen sentir culpable, despreciada por su Dios. Isabelle detiene su bote y no quita ojo a Jacomo. Parece querer decirle que vaya con ella. Jacomo no dice palabra alguna y se dispone a vestirse, entonces Isabelle le grita “
Ven conmigo”. Al instante su cara enrojece, en cuanto la valentía de la carne deja de dominarla, pero no obstante espera que Él acepte su oferta. Jacomo se viste mientras le responde sencillamente “
No, es mejor así”. La voz de Jacomo alivia mis oídos, se ha negado. Cada vez le siento más mío. Isabelle reacciona con furia, es un animal herido, una hiena, una alimaña, una arpía. Le grita “
Te arrepentirás, por dios que lo harás” y se marcha.
Conozco a Isabelle y sé de lo que es capaz. Quiero advertir a Jacomo pero tampoco quiero desvelar mis secretos. ¿Cómo explicarle que le espió sólo por amor y no como el resto?. Le perdería antes de tenerlo. Jacomo se marcha como si nada hubiera sucedido. Espero unos minutos y salgo corriendo en dirección al pueblo, a la plaza mayor, a la sacristía. Si me doy prisa podré llegar casi al mismo tiempo que Isabelle. Diez minutos después por fin diviso la plaza, está concurrida. Tengo un mal presentimiento.
Isabelle está en el centro junto a su hermano El Cura y el resto de personajes insignes del pueblo les rodean, ninguno de ellos es gente de fiar. Isabelle está relatando lo sucedido mientras se empiezan a oír gritos de linchamiento contra Jacomo. ¿Por qué?, ¿qué ha contado esta mujer con el corazón tan negro como el color que viste su hermano?. Disimulo mis cansancio y me acerco. “
... intentó abusar de mi mientras yo le gritaba que no, que por la Virgen María que me dejara en paz. Fue horrible. Todavía estoy temblando. Se separó un momento, supongo que para coger unas cuerdas y atarme, no lo sé, no puedo imaginar que podría pretender un monstruo como Él, ¡Dios mio!, y aproveché para saltar al río. No he muerto porque nuestro Señor me protege...”. No doy crédito a lo que estoy escuchando. Todo es mentira. Entonces me fijo en Isabelle. Su cuerpo está empapado y sus ropas rotas y sucias por el barro. Ha preparado su teatro, su venganza.
No necesito oír más, Jacomo, mi Jacomo, ha sido juzgado y le van a asesinar como hicieran con sus padres. Necesitaban una excusa moral para no sentirse más culpables y la tienen. No va a haber un juicio justo, la presunción de inocencia en nuestros días es una disculpa a veredicto tomado. Salgo corriendo en dirección a casa de Jacomo. Calculo que dispongo de unos cinco o diez minutos. Llego exhausta. Jacomo está ahí. Me ve llegar y me pregunta “
¿Estás bien?”. No hay tiempo para explicaciones ni para nada que no sea salvarle, contesto entre los resoplidos y mi falta de aliento. “
... debes... huir... ya... ahora mismo, ella... ella...”. Jacomo no parece entender nada y me insta para que me calme, respire un poco y me tranquilice, pero el tiempo corre en contra nuestra. “
¡Huye!, huye... van a matarte... Isabelle ha mentido... dice que has querido...”. Me callo. No creo que sea capaz de decir algo así de Él. Jacomo me pregunta “
¿Qué he querido hacerla?” y me mira a los ojos. Su mirada me tranquiliza, dejo de respirar aceleradamente y me olvido del mundo. “
... en el río... dice que quisiste violarla”. Jacomo no responde y malgastamos diez segundos de su vida en ser dos, mirándonos sin más, diez segundos que bien valieran una eternidad.
A lo lejos oímos voces, un algarabía violenta y exaltada que se dirige hacia nosotros. Jacomo reacciona y se acerca a la ventana trasera, sin coger nada porque nada necesita salvo su vida, y se sube a al marco. Va a saltar desde la ventana para encontrar la salvación en el bosque que da paso a la montaña, pero antes me mira una vez más, mis piernas tiemblan, y me susurra “
Gracias... a media noche estaré en el muelle”. Y salta.
Los primeros hombres, por llamarles de alguna manera ya que no merecen ser así considerados, entran en la casa y me encuentran en el salón. Buscan a Jacomo y no le encuentran. Uno de ellos, el hijo del panadero, un antiguo novio mío a quien dejé y nunca me lo perdonó, se acerca a mi y me da un bofetón en la cara a la vez que me llama Puta. El dolor es inmenso pero no consigue quitarme la felicidad que siento, aún así finjo y rompo a llorar. Me van a linchar, voy a ser el segundo plato de la decepción, pero cuando me va a dar una patada, su odio no conoce límites, me defiendo y grito “
No, no es lo que tú crees”. Mis palabras surten efecto de momento y se detiene dejándome explicarme. “
Vine a por él, por lo que le hizo a Isabelle... también me lo hizo a mi... ¡quería matarle!”. Escupo las mentiras con la rabia más convincente de la que soy capaz. Veo las dudas en sus ojos, están a punto de creerme, nunca he sido una mentirosa y todo el pueblo lo sabe, pero necesito una prueba irrefutable. Ya contaba con ello y en el minuto que han tardado en alcanzar la casa me he autolesionado, me he golpeado en la cintura como si de un buen puñetazo se tratase. Rezo para que un gran moratón con sangre cardenalicia me absuelva. Levanto mi camisa y muestro mi piel. “
Ha sido él” y rompo a llorar mientras añado “
... he sido tan estúpida”. Sus caras cambian, lo noto en sus miradas y en el dolor que siento en el abdomen. Les he conmovido y uno de ellos le devuelve el puñetazo al hijo del panadero mientras le espeta “
no se pega a una mujer inocente”. Tiene ironía, caballero y truhan en el mismos pantalón. Me pide disculpas obligado de mala gana. Debo terminar mi interpretación, he dado a Jacomo ventaja más que suficiente. “
Se ha ido por allí...” y señalo la ventana. Los hombres reanudan su cacería y mi inocencia recobra todo su valor perdido.
A mi me conducen al pueblo donde me ve el médico, el viejo Luca, un hombre bondadoso y afable que ha vivido demasiado tiempo y no comprende los días que nos toca lidiar. Como él mismo dice “
años sin corazón no son vida sino muerte”. Me cura las heridas y me asegura que en unos días se me pasará, que no es más que un mal golpe y que he tenido suerte. Me receta descanso y reposo. Antes de que me dejen en casa y paren de consolarme y mostrarme su apoyo, falso e hiriente, Luca me susurra al oído “
hija mía, gracias por dejarle escapar, haces que todavía crea en el ser humano” y me guiña un ojo. No respondo, casi lloro de emoción.
Las horas en mi casa se hacen eternas. Cada minuto siento el dolor del éxito de la cacería, la punzada de la incertidumbre cayendo sobre mi ánimo. Sobre las once de la noche, unas tres horas después de que todo comenzase, los hombres vuelven para reponer fuerzas. No han logrado su propósito y dan por finalizada la búsqueda. La montaña por la noche es un ataúd, una trampa mortal que nunca pierde a su presa. Han encontrado parte de su ropa rasgada en un árbol y su calzado cerca del precipicio. Le dan por muerto, no es difícil creerlo cuando así lo quieres creer y a todos les conviene su muerte, menos a mi, yo sé que vive, tiene que vivir.
Me hago la dormida y me dejan descansar hasta la mañana siguiente. A hurtadillas salgo de casa, como he hecho en tantas y tantas ocasiones, y me dirijo al muelle. Dando un rodeo por si alguien me ha podido ver o seguir, hasta que tengo la absoluta certeza de no ser vista. Una vez en el muelle, Jacomo me hace una señal, está escondido detrás de mi árbol. Nos reunimos. No hablamos, sólo nos miramos de nuevo, reviviendo esos diez segundo de eternidad que fueron nuestros.
Él habla primero. “
Gracias, no tenemos mucho tiempo. Voy a huir a la capital, al otro lado del país, allí nadie me conoce... empezar una nueva vida, una vida”. Escucho sus palabras, no soporto la idea de alejarme de él pero mucho menos que su vida corra peligro. Prefiero una vida sin tenerle junto a mi a un mundo sin él dentro. Continúa hablando. “
Tengo unos amigos allí, tienen una taberna, en la calle del muelle” ambos sonreímos por la coincidencia “
búscame cuando todo se olvide... te esperaré”. ¿A mi?. No doy crédito a lo que estoy oyendo. Él nota mi asombro y antes de que formule pregunta alguna me besa. Tardo dos segundos en reaccionar. Me dejo llevar. Sus labios saben a vida y nuestras lenguas dibujan la felicidad en nuestras bocas.
Nos separamos aunque yo le busco de nuevo y una vez más volvemos a besarnos. No sé cuanto tiempo estuvimos así, pero cada día que lo revivo en mi cabeza parece como si tan sólo hubiera durado un segundo, un instante perfecto. Acto seguido Jacomo se fue, pero antes me preguntó “
¿Me buscarás? sin ti no tendré fuerzas”. Yo asentí con la cabeza y respondí “
Sí, dónde tú estés yo iré.
No deje de mirarle mientras se alejaba y al pasar junto al muelle una duda me invadió. Corrí hasta él. Jacomo me esperó extrañado. Necesitaba preguntárselo. “
¿Por qué todos las tardes venías a este muelle?”. Jacomo me acarició la mejilla y me respondió.
“Porque sabía que tú me espiabas”.