Llevo cinco minutos sentado en el suelo del trastero mirando la portada del álbum y fumando un cigarrillo cuyo tabaco está seco y ajado por el paso del tiempo. Yo no fumo, nunca lo he hecho. Lo guardaba junto al resto de recuerdos.
Ella me lo dio el día que nos encontramos. Quería conocerla y le pedí un cigarro como excusa. Me dijo que era el último y que me lo daba igualmente. Me sorprendió su generosidad (o, como averigüé más tarde, su interés oculto). Decidí guardarlo, o los dos o ninguno... pero hoy sí, me lo estoy fumando y sabe a rayos. Vuelvo a mirar el álbum, me olvido de ella y pienso en las cinco mujeres y sus vidas.
Mini sí fumaba, al igual que lo hacían las grandes mujeres de la época. Era la más joven de las cinco, la más risueña, un punto y aparte para el resto, como sino encajara en el grupo y a su vez fuera una pieza importante. Todas lo eran en verdad. ¿Por qué empiezo por ella?. No lo sé. Sí la hubiera conocido, me habría enamorado de ella, aunque sólo fuera fugazmente.
Creció en una ciudad bañada por el arte. Cualquier calle, plaza, rincón en general, era digno de ser admirado. Stendhal hubiera sido multiorgásmico en ella. Ya de niña destacó tocando el acordeón en la plaza de Santa María de la Rivera, para deleite de vecinos, turistas y despistados, en donde miles de instantáneas congelaban a diario cada nota y emprendían su viaje por el mundo. De todos los instrumentos posibles, eligió el acordeón, simplemente porque le gustaba. Su virtuosismo alcanzó tal dimensión que su mundo se hizo pequeño y, como ella solía decir, voló tras sus fotos. El miedo a la claustrofobia es un acicate muy poderoso sí de pasiones se trata. Nunca fue capaz de enumerar todos los países que visitó en su mal llamada huida. Le gustaba detenerse en uno.
Quienes conocieron a Mini sabían que al igual que la luz esconde a la penumbra, su inocencia tenía un lado oscuro, no maligno, sino perverso, vicioso y obligádamente nocturno, delicioso de necesidad.
Conoció a un hombre seducida por el calor arrabalero que la enseñó a sentir, a oler, a acariciar y degustar, antes y después, a vivir la pasión. Él era bandoneonista y Ella se vestía de rojo y tacones negros, ceñía su liga y tentaba su cuello con un lazo también negro, recogía su cabello y entrelazaba sus piernas al son de una música que con cada nota calaba más a dentro mientras el lunfardo le agarraba fuerte. Se sentía
la Maga que nunca fue, la que le faltó a Horacio, acá, allá y en ninguna parte.
A menudo, yo imaginaba todas sus aventuras e intentaba descubrir a todos los amantes que habría tenido o rechazado. Día y noche encerrados en la misma mujer, siempre juntos y siempre separados. Al llegar la luz de la mañana, la amiga, caminaba por la ciudad con su música dispuesta a robarte una sonrisa o cederte su ayuda sin miramientos, sin pedir nada a cambio; pero cuando la diosa madre recuperaba su trono y Selena humedecía su lengua, entonces, la amante, sacaba su daga y los hombres morían por beber su gracia.
Su paz interior duró poco en aquél país, demasiado para una mujer como ella. Idolatrar dioses en el olimpo es como reavivar una hoguera con los rescoldos de un amor frustrado. En un mundo dominado por hombres y para hombres, donde la mujer era musa de escaparate, Mini no se quedó al margen. Desvistió las ataduras establecidas y, como una falla que aguarda su momento en silencio, quebró todo presente, el proyecto perdido de salvador. Aprendió a crear su arte, el orgullo del país, y lo interpretó como nadie había hecho nunca.
Como era de esperar, las reacciones fueron adversas. Una mujer superando a los hombres y no sólo a los hombres, sino a los
Tangueros. La cerraron puertas, perdió amistades, fue denostada, calumniada, sufrió amenazas, incluso fueron más allá, mucho más allá, como probaban las cicatrices que ocultaba en su cuerpo. Mini sintió miedo. Fue la única vez en su vida que sintió miedo. Nunca se perdonó aquella flaqueza, aunque no se arrepintió jamás. Fue necesario.
Una noche fatal, Él, el hombre que le había enseñado todo y con ella había aprendido, el hombre que la apoyaba en contra de toda la turba, encontró su inmediato destino. Cuatro dedos de frío acero en manos del odio anónimo le apartaron de sus labios. Esa noche, con la sangre caliente resbalando por sus manos y con el calor roto en mil pedazos carmesí, Mini juró no volver a dudar. Nada tenía que perder, el miedo sin alimento no es más que una artimaña social. La noche se acomodó bajo sus dedos. Su música robó los corazones de propios y extraños, detractores y clandestinos, todos se rindieron a su son.
Antes, ya había vengado a su amor. Unos dicen que a hierro muere quien a hierro mata, otros que la música amansa y la fiera cambia la presa. Ella guardó silencio, interpretó por boca de su bandoneón y nunca más volvieron a ver al asesino de su amado. El rumor se tornó leyenda y la leyenda pasado. Pocas veces volvió a tocarlo, no se puede sangrar eternamente sin morir por ello. Encontró una nueva vida, ni mejor ni peor, distinta.
He comenzado por Mini, ¡Cuantas veces soñé que yo era ese hombre que ella amaba!. Fue mi primer amor, imaginario, pero amor. Cuando era un niño mi madre al verme mirarla me decía “La edad te protege de caer en sus brazos... mala suerte para ella” y después sentenciaba “Sonríe, ya conocerás quien te haga llorar”. Razón tenía. Ahora, tantos años después, casi no la recuerdo y lo poco que almaceno en mi cabeza se me antoja ridículo, pueril y desconocido. Los años se encargan de mostrarte el polvo del camino y desvirtuar los inicios. ¿Cómo sería ahora?, ¿cómo seríamos los dos?, preguntas sin respuesta que no me canso de formular.
El móvil vuelve a sonar y me devuelve al presente, es ella. Antes no contesté. Colgué la llamada. Quiere tiempo, pues lo tendrá. El arte del suicidio empieza por ceder el control a la parte más estúpida del ego o la más narcisista, depende del ritual. Lo siento niña, estos minutos pertenecen todavía a la pequeña Mini.
Apuro la última calada, horrible, como todas las anteriores, y cuelgo la llamada otra vez...