La pequeña Marisa descansa tumbada boca abajo y con las piernas dobladas hacia arriba sobre las tablas de madera del suelo, sucio y olvidado, del desván de la casa de la señora Miner. Es una niña de tan sólo ocho añitos. Su mirada está perdida, parece que intenta enfocar la pared desnuda que tiene en frente, sin ventanas, como todo el cuarto salvo una diminuta claraboya que apenas deja entrar las primeras luces de la mañana, pero la verdad es que Marisa mira a través de las ventanas que ella dibuja en la pared y por las que cada día, cuando se despierta, espera ver la silueta de su hermano mayor viniendo a buscarla. Imagina como sube la colina que oculta la casa, se detiene junto al olmo que domina el paisaje, observa, habla con las personas que le acompañan y desciende el camino de tierra hasta ella.
Su desván, porque sólo ella dormía allí, era pequeño, con el techo abuhardillado y no disponía de casi ningún objeto, tan sólo un perchero viejo, manco y carcomido era su única compañía. Tampoco lo usaba para colocar su ropa, su única ropa. El frío se encargaba de ello. Cada vez que respiraba dibujaba con su aliento miles de universos que se perdían en la soledad.
Hace algo más de un año que un hombre vestido de negro vino a su colegio para decirle que sus padres habían tenido un accidente de coche y ahora estaban en el cielo cuidando de ella, que ellos ahora ya estaban bien y que siempre la querrían. Su hermano mayor, su único hermano, les había acompañado en ese viaje y también estaba con ellos. Marisa sabía que eso no era verdad, su hermano no había muerto, pero los demás no lo sabían, y algún día vendría a por ella. Lloró mucho por sus papas, hasta que entendió que ellos no querrían que lo pasara mal y dejó de hacerlo.
Sin embargo la señora Miner apareció en su vida y se hizo cargo de ella. Según otro señor vestido de traje, ahora ella era su familia. También se equivocaba. La señora Miner jamás podría tener familia. Era malvada y no conocía ni el amor, ni el cariño, ni la bondad, ni la generosidad, ni... Era todo lo contrario a la mama de Marisa. Tal vez por ello, la señora Miner odiaba a Marisa sobre todos los demás. La trataba con más desprecio, se afanaba en hacerle la vida más difícil, más triste. Sin embargo, Marisa siempre le respondía con una sonrisa y con todo el amor que sus ojos podían transmitir, y era mucho. Eso enfurecía más a la señora Miner y ese era el motivo por el que lo hacía. A Marisa no le gustaba la señora Miner, era el ser más horrible que había conocido nunca, pero era la única forma de defenderse de ella y hacerle tanto daño como ella causaba. No se sentía mal por ello, ella se lo merecía.
En la planta de abajo, la segunda, los dormitorios, se oía el ajetreo propio de las mañanas. El resto de los niños se daban prisa en despertarse y bajar a desayunar. No querían llegar tarde y molestar a la señora Miner. Marisa todavía tendría que esperar unos minutos más. Era la última en bajar a desayunar, cuando las sobras se lo permitían.
La señor Miner subía los escalones que conducían al ático mientras gritaba “Más vale que estes preparada cuando llegue arriba, pequeña y sucia inútil”. Antes de que terminara su ascensión, Marisa ya había doblado en un rincón la única manta roída que le servía de cama y colocado junto a ella el candil con la vela semanal que no debía consumirse hasta la entrega de la siguiente. Todo ello preparado para pasar revisión.
La señora Miner introdujo la pesada llave con la que candaba la cerradura y abrió la puerta. No entró en el desván, estaba demasiado sucio y frío para la dueña del orfanato. Desde el quicio ordenó a Marisa que bajara a desayunar y a recoger la larga lista de tareas pendientes para hoy, no sin antes revisar con la mirada el cuarto, la manta y la vela, lamentándose una mañana más por no tener un motivo para castigar a la pequeña niña. La próxima vez, subiría sin avisar.
Los días en aquella vieja casa de tres plantas avanzaban lentamente. Todos eran igual, mucho trabajo, poca comida, y la señora Miner. Algunos días venía una familia que quería tener un hijo y algún niño afortunado se iba con ellos. En esos días Marisa no bajaba de su desván. Ella no saldría de allí. Nunca se entristecía, se alegraba por sus amigos y, además, ella esperaba a su hermano. Día tras día se repetía la misma rutina. Unos niños venían, otros se marchaban, casi todos eran nuevos, pero de vez en cuando alguno regresaba y ese era un día triste. Las familias también devolvían a los niños que elegían, como si fueran un televisor usado o una aspiradora ruidosa. Marisa se esforzaba en animar a sus amigos ante la furiosa mirada de la señora Miner que no tardaba en reaccionar. Marisa lo soportaba con agrado. No sólo el amor por los otros niños la ayudaba, sino que en su interior sabía que quedaban ya pocos días. Su hermano estaba cerca, por fin venía recogerla.
Una noche, después de un día especialmente duro, Marisa se tumbó en su cuerto cansada y sin fuerzas. Miró por la ventana del techo y pensó en su hermano. Mientras reunía fuerzas gracias a sus recuerdos, una estrella brilló. Marisa se incorporó rápidamente. Habían sido sus padres. Estaba segura. La estaban mandando una señal. Corrió, descalza y sin hacer ruidos, a la esquina más alejada de la puerta, en donde ella imaginaba cada noche que se encontraba la ventana por la que veía venir a su hermano, y levantó una pequeña tabla del suelo. La había encontrado una noche que no tenía ganas de dormir. Escondía un pequeño hueco en el que guardaba sus tesoros: una cucharilla que le dio otro niño la primera mañana que llegó, cuando todavía no conocía a la señora Miner, la cadena que le regalo su mama y que escondió antes del registro, una hoja seca del olmo que recogió una tarde mientras limpiaba el camino de tierra y un papel que había pintado. Sacó con cuidado el papel y lo dobló por la mitad para partirlo en dos partes. Una de ellas la volvió a guardar en su escondite y la otra la metió dentro de su camiseta.
Inclinó el viejo perchero hasta que uno de sus dos brazos sanos tocó la arista de la ventana. Como una experta alpinista trepó hasta el ojo de buey y lo abrió. Las bisagras chirriaron un poco, pero la luna le había ordenado a la noche que dejara al viento soplar a su antojo y el estruendo, que en el silencio hubieran causado, quedó amortiguado como un susurro en mitad de un baile. Marisa salió al exterior. Sobre el tejado esperó unos minutos. Quería sentir la belleza, la paz, la felicidad que la noche le estaba regalando, toda para ella. Respiró hondo y descendió por uno de los canalones laterales, el más alejado del cuarto de la señora Miner, cuyos ronquidos ni el viento era capaz de acallar.
Una vez en el suelo corrió hasta el olmo, su amigo árbol, y escondió entre sus raíces el trozo de papel que había guardado junto a su corazón. Allí dejo la mitad de ese papel y la totalidad de sus deseos. Regresó a su desván más contenta que nunca. No tuvo problemas para escalar al tejado y volver a cerrar la claraboya, incluso se acordó de darle las gracias al ropero. Se tumbó en la manta y se durmió profundamente, por primera vez desde que llegará.
“Despierta, malcriada, y no se te ocurra moverte”. El grito acompañado de una patada hicieron que Marisa regresara de su descanso. Se había quedado dormida. La señorita Miner estaba de pies junto a ella. Su cara no era nada amistosa, sino todo lo contrario, y en las manos tenía una cuerda. Marisa se asustó. ¿La había descubierto?. Sintió miedo. Hasta la señora Miner se extraño. Era la primera vez que veía esa niña comportarse como... como las otras niñas. Se jactó de ello, le había costado demasiado esfuerzo lograrlo. El día comenzaba empezaba a mejorar, por fin esta niña se doblegaba ante ella. Agarró a Marisa por las manos y la ató con la cuerda mientras sonreía y no dejaba de pensar en su victoria.
Entonces Marisa lo comprendió, el despertar tan violento la había confundido, y acto seguido se tranquilizó, pero siguió disimulando. La señora Miner amordazó también sus pies, no podría ni andar ni moverse, y sacando dos pañuelos de su bolsillo introdujo uno en la boca de Marisa y con el otro rodeo su cabeza para que no lo escupiera. Afortunadamente dejó espacio suficiente para que respirará, porque la señora Miner no se preocupó de comprobarlo. Marisa no puso resistencia más allá de lo que su teatro le aconsejó.
La señora Miner sacó una llave pequeñita y abrió el armario del desván en el que encerró a Marisa. Era un armario pequeño cuya puerta estaba oculta a los ojos de quienes no conocieran su existencia. Antes de bajar a la primera planta le gritó “Ni se te ocurra hacer un ruido o te arrepentirás, como me llamo Señora Miner”. Marisa escuchó la puerta del desván cerrarse. Atada, la boca vendada y encerrada en el armario del desván, Marisa se alegró.
El timbre sonó. Un joven de unos dieciséis años, con la misma mirada que la pequeña Marisa, rasgo delator de quien era, acompañado del comisario del pueblo y dos policías más, apareció tras la puerta principal. “Señora Miner, disculpe que la moleste, este joven asegura que su hermana pequeña se encuentra en el orfanato. ¿Podría usted ayudarnos?”, dijo el comisario. La señora Miner sintió un escalofrío, había alertado al resto de niños que no dijeran nada, ni una palabra, y aunque estaba convencida que así sería, la tenían demasiado miedo, el joven tenía un brillo en los ojos que no le gustaba nada. Mala simiente la de esa familia, pensó. “Por supuesto, he reunido a todos los niños al recibir la noticia de su llegada, esperemos que haya suerte y una de estas adorables criaturas pueda volver con su familia. Pasen, por favor, pasen, como si estuvieran en su casa”.
Los cuatro hombres y la mujer caminaron hasta el salón donde estaban esperando en fila todos los niños. El joven los miró uno a uno y uno a uno les fue sonriendo y haciendo una carantoña, pero ninguno de ellos era su hermana, ninguno era Marisa. “¿Y bien?” preguntó la señora Miner sabedora de la respuesta. El joven negó con la cabeza. Antes de que nadie dijera nada, el comisario preguntó sí aquí se encontraban todos los niños y niñas del orfanato, y se excuso hábilmente matizando sí alguno estuviera en cama enfermo. La señora Miner confirmó que todos los niños se encontraban en esta habitación sin excepción y confiada en sus palabras invitó a los hombres a visitar el resto de la casa... sí lo creían oportuno.
El comisario denegó la oferta por innecesaria. En verdad también le asustaba un poco la señora Miner y ardía en deseos de terminar con aquella visita. Pero el Joven mirando a los niños dijo “A mi me gustaría ver la casa. No es que dude de su palabra, ¿señora Miler?, perdone, señora Miner, no desconfío de usted. Siempre he tenido especial interés por las casas antiguas y esta es un ejemplar único. ¿Me permite usted verla?”. A la señora Miner no le gustó en absoluto la petición pero se vio obligada a acceder a ella.
Uno de los policías se quedó en el salón con los niños mientras el resto subía escaleras arriba. El Joven insistió en conocer todas las habitaciones, salvo la de la propia señora Miner, por respeto, y se entretuvo en mirar las paredes, ventanas y demás partes de la casa, aunque en verdad su interés era otro. Una vez concluido el peregrinaje y antes de que la señora Miner hablara, el joven inició la subida al ático mientras decía “¡Un ático!, son mis favoritos, este debe ser precioso. ¿Me hace el favor, señora Miner?”.
La señora Miner aguantó todo el odio que sintió y haciendo de tripas corazón asintió con la cabeza mientras seguía la comitiva. Se alegró enormemente de disponer de un armario oculto y de haber amordazado a la niña. Alcanzó la puerta y la abrió, no de buena gana, disculpándose por el estado descuidado del desván, “Es una habitación que no usamos apenas, aquí hay tantas cosas por hacer”.
El joven entró el último, dejó al comisario que pasara primero tras la señora Miner. Una vez dentro vio la manta, la vela y el perchero. Observó el resto de la habitación y su corazón se encogió de pena, pero reunió todas sus fuerzas para no estallar. No había rastro de su hermana. La señora Miner le observaba con un rastro de alegría en sus labios, sí alguna vez pudieran tenerlo. “Bien, podemos ir bajando” dijo la señora Miner a la vez que el comisario se disponía a girarse en dirección a las escaleras.
El joven les miró a ambos y con una mano sacó del bolsillo de su chaqueta un papel. Era una hoja doblada. La desplegó ante la curiosidad de los allí presentes. El papel era la mitad de una hoja. Alguien la había dividido en dos partes. El joven miró el papel, contenía un sencillo dibujo de una casa de tres plantas. Unas pocas líneas que hacían de paredes y de tejado, pero en la planta superior, lo que bien pudiera ser el ático, había dibujada una ventana y lo que parecía un perchero.
El joven miró el cuarto y sonrió. “¿Me permiten un último favor?”. Se acercó al perchero y desde allí divisó el resto del cuarto, cambiando el punto de vista, pero no vio nada. La señora Miner, temerosa de que la descubrieran y muy desconcertada por el misterioso comportamiento del joven, protestó y exigió una explicación. El joven le dio la hoja al comisario quien se la dio a la señora Miner, quien preguntó a su vez “¿Qué significa esta tontería, este dibujo de niños?”. La pregunta la pronunció con todo el desprecio del que fue capaz, hasta el comisario se puso en alerta al oírlo.
El joven no contestó, por un momento había creído que no sería capaz de encontrarla, pero al oír a la señora Miner supo que tenía que hacer. ¡El perchero!. No necesitó volver a mirar el dibujo, se lo había aprendido de memoria. Debajo del perchero, a sus pies, no eran patas, era la letra “m”. El joven se agachó sin dejar de mirar a la señora Miner, quien tampoco le quitaba ojo incrédula, y con una mano palpó las tablas del suelo. Una de ellas estaba suelta.
El joven abrió la tabla y descubrió el interior. La señora Miner no se movió, el comisario, entendiendo la situación y superando sus miedos iniciales, la había sujetado del brazo en espera de la resolución y confiando en que aquel joven supiera lo que estaba haciendo. El joven sacó del hueco una hoja doblada, igual que la que el tenía. En ella había un dibujo, hecho por la misma persona que había dibujado el que él poseía. Sonrió.
En el dibujo aparecía:
una puerta y a su lado un armario con una niña dentro.