Llevaba una mañana bastante ajetreada.
Hoy comenzaba mi nuevo horario y entraba unas horas más tarde al trabajo. Había aprovechado para llevar unos papeles a Toño a la oficina territorial. Me había pedido ese favor y, aunque confieso que no tenía ni pizca de ganas, así lo hice. Le debía una, una de esas que misteriosamente se renuevan ellas solas. Como andaba bien de tiempo, dentro de lo que cabe,
decidí entrar a desayunar a un pequeño café. En la calle había dos o tres cafés más, pero elegí ese. No estaba muy abarrotado y tenía un aire de sencillez que me trasmitía tranquilidad y confianza. Justo lo que necesitaba en ese momento, un breve relax. Entré, tampoco era una decisión tan trascendental,
sólo quería un rápido desayuno, ¿no?.
Abrí la puerta y me dirigí a la barra. La camarera, porque era mujer, estaba de espaldas terminando de calentar leche en la cafetera. Tenía el pelo negro recogido en una coleta que le caía sobre la camisa blanca del uniforme. Noté como se había percatado de mi presencia y se giró para atenderme.
-Ho... Hola, ¿qué desea?. -Me dijo titubeando brevemente. ¿Que qué deseo?.
Me quedé en blanco, sin saber que decir. La verdad es que sí sabía que decir y que quería, pero era una locura. No se puede abordar a una extraña de esa manera y menos si está trabajando, acostumbrada a todo tipo de individuos.
-Yo... hola.. si... yo... - ¿Qué me pasaba?, parecía un adolescente imberbe a la salida del instituto.
Ella sonrió.
-¿Un café tal vez?.¿Un café?. Sus palabras sonaron en mi cabeza y las repetí -Un café.
-De acuerdo, ahora mismo se lo sirvo-. Concluyó ella. ¡
Ups! creo que he vuelto a pensar en alto. Algún día me causará un serio problema. Juraría que “
lo del café” sólo lo había pensado.
Quiero conocer a esta mujer. Debería empezar a hacer algo, por lo menos hablar. Eso sería un buen comienzo, una frase entera.
Ella se fue a preparar el café.A los pocos segundos volvió con una sonrisa y mi café. Yo seguía inmerso en mi habitual estupidez mental. Piensa algo.
Dile lo que sea, habla del tiempo, no; del trabajo, no; lo bueno que está el café, lo buena que está ella, no, no, no. ¡Que haces!. ¿Qué debe estar pensando de ti?. Estas parado, con cara de
niño con zapatos nuevos, sonriendo y sin decir nada. ¡Estás nervioso!. Lo que faltaba.
- ¿Desea el señor algo más?. -Su voz paró mis pensamientos, afortunadamente.
- No, gracias. Así está bien-. ¡Bien!, has hablado. Si señor: que original. “
No, gracias. Así está bien”. Ole, ole y ole la facilidad de palabra unida a la originalidad. Serás payaso.
Te sigue mirando raro. Por favor, por favor, que no tenga esa cara postcoital, ¡que me muero!. Que vergüenza. Se va, ¿a dónde vas?. No te vayas, -Espera-. Otra vez, ya
has vuelto a pensar en alto; pero ¿estás bobo?, que es una camarera y se iba a hacer su trabajo. Rápido, reacciona, di algo ya. -Me traes la cuenta por favor-. ¡Guau!. Buena salida, buenos reflejos, salvo por el detalle de que llevas dos minutos en el bar y ya dices que te vas. Bonita forma de mostrar interés por alguien. No aprendes y encima te toca beberte el café de un trago. Ojalá esté ardiendo y te quemes, aunque te duela a ti mismo.
Ella trajo la cuenta y
yo me fui con un misterioso, cautivador y sensual “
Adiós, gracias”. Si
Giacomo levantase la cabeza se iba a estar riéndo de ti por lo menos sus 99 próximas conquistas.
El día transcurrió sin más. Lentamente porque no pude quitármela de la cabeza y porque me sentía como un imbécil. Hubo momentos en que lo pasé realmente mal y deseé borrar mi existencia. Otra estupidez para adornar tan estúpido día. Hasta que llegó la noche y llegué a mi casa. Tenía un par de llamadas, mi hermano y Toño, este último para agradecerme el favor y de paso asegurarse el siguiente. De mi hermano pasé. Me conoce bien y seguro que me sonsaca y se ríe de mi. Me diría
Ya te has rayado y aunque no le llamé: ¡Será Capullo!. Cené y me fui a la cama intuyendo que no iba a pasar una buena noche. Cuanto me gustaría tenerla entre mis sábanas. Definitivamente
iba a ser una noche larga... y dura.
Al día siguiente, con ojeras y muerto de sueño, me levanté directo a la ducha. Dejé que el agua lavase mis ideas y se me ocurrió. Era genial, sencillo,
era sencillamente genial, lo que tenía que hacer:
Ir otra vez a desayunar allí. Decidí hacerlo, no sin antes omitir el detalle de por qué no se me había ocurrido antes y por qué no había sido un instinto natural en mi. Como digo, lo omití, y a mi hermano también se lo omitiría.
20 minutos. No está mal. Sólo llevas 20 minutos rondando el bar sin entrar. Menos mal que en invierno no hace frío, porque sino sería de autentico
panolis estar fuera en la calle. ¡Joder, ya no sentía los dedos de los pies!. Reuní valor
y entré en el bar, eso y que mi duro entrenamiento del
Ejército Ruso en la gélida
Siberia no resultó ser lo que se esperaba, sobre todo porque no se llevo a cabo por problemas técnicos, de nacionalidad principalmente.
El día mejoraba. Ella estaba allí, radiante,
era más hermosa de lo que recordaba. Hoy el bar estaba un poquito más lleno y ella más atareada, lógicamente. Me acerqué a la barra. Me vio.
- Hola, ¿un café, sólo, sin nada?-. Sonrió cómplicemente. ¡Que guapa era! y su voz, angelical, digna de una diosa, o como debería sonar una diosa. Música para mis oídos. Me quedaría horas y horas mirándola y escuchándola ofrecerme
cafés. -
Ho la-. Repitió lentamente sin perder la sonrisa. ¡Mierda!, otra vez me he despistado.
Va a pensar que soy subnormal.- Si, si... perdona... un café. -Yo también sonreí y puse cara de despistado con levantamiento de ceja incluido. Gesto que a juzgar por su repentina risa le hizo gracia. Aunque otra vez “
un café”. Debería cambiar mi discurso. ¡Te quiero!. Espera.
¿Lo he pensado o lo he dicho?. Lo he pensado, lo he pensado... que susto. Tengo el corazón a dos mil por hora. Te estas emocionando sin motivos. La historia de tu vida, luego te dan palos y no entiendes por qué. Relájate, anda.
Ella se fue, preparó mi café y no pudimos hablar, o lo que sea que habíamos hecho hasta ahora. Entraron más clientes y
no tuvo ni un segundo libre. Bueno, uno sí, para decirme “
hasta mañana”. No dijo
hasta luego, ni
adiós, dijo
hasta mañana.
El día por lo demás fue maravilloso. Todo me salió bien, la gente fue encantadora conmigo, estuve de buen humor, si hasta llamé a mi hermano, el cual ya quiere conocerla. ¡Cabrón!, no puedo tener secretos con él. Menos mal que no le he dicho en donde la he conocido y, aunque se estuvo riendo por lo que él llamó
pajas mentales infundadas sobre polvos inexistentes, he quedado a comer con él la semana que viene, hace mucho que no nos vemos. En estas ciudades tan grandes el tiempo transcurre muy deprisa.
Llegó otro día más y volvía a tomar un café. Podría aburrir con los detalles, pero resumiendo, esta vez hablamos algo. Todo temas triviales, pero hablamos. No soy un experto en relaciones ni tengo ese don que cala a la gente y sabe de que pie cojea o a quien gusta, pero entre nosotros había buenas vibraciones.
Y llego otro día, y otro café; y otro y más café, y otro... hasta que llegó ese momento en el que sabes que o das un paso más o te quedas sin nada. Así que otra vez estaba yo en frente del bar dudando si entrar o no, o más bien,
reuniendo valor para atreverme a decir lo que quería decir. Llevo tantas relaciones que no debería suponerme ningún problema, o igual ese el problema, que llevo demasiadas.
Entré en el bar. Me dirigí a la barra, como la última semana, hacía ya semana y media desde mi primer café,
y ¿a quién me encontré allí?: a mi hermano y a Toño desayunando. Si las miradas matasen ahora mismo mi cuñada sería viuda y mi amigo uno menos. ¿Qué coños hacían aquí, hoy?. No podía ocultarme de ellos. Invoqué a mis dotes de actor y forcé mi mejor cara de circunstancias
made in si salgo de esta os mato. Me vieron y me hicieron gestos para que fuera con ellos.
- Hombre, ¿qué tal?,
hermanito, tienes buen color de cara... de un tío feliz-. Saltó mi
exhermano mientras me daba unos odiosos golpecitos en la espalda y se reía.
Su puta madre, que es la mía, pensé yo. Toño estaba, visiblemente, aguantándose la risa también.
- ¿Desa... desayunas?- Añadió Toño entre amagos de risas, para variar.
Antes de responder nada,
me dí cuenta que no la había mirado, a mi camarera, a la mujer que me estaba volviendo loco. Así que
la busqué. No tardé en encontrarla. Se hallaba delante nuestro, tan cerca y yo sin verla, cosa de los nervios. Nos estaba escuchando esperando a que dijese algo. Me quedé mirándola fijamente a los ojos, aislado de los dos orangutanes que tenía por compañeros. Pondría la mano en el fuego y no me quemaría, pero
el tiempo se paró.- ¿Un café?-. Volvió a preguntarme como todas las otras veces. Ya era nuestra
frase secreta.
- ¡Un café, ¿quién?, ¿este? !.- Yo le mato. Mi hermano rompió el momento y habló. -Lo odia. Si no prueba el café desde que tenía 9 años, se bebió un termo entero y pasó tres días en el hospital caga...- le interrumpí.
Los cuatro, ellos, ella y yo nos quedamos callados. Ellos sin entender que pasaba, pero a juzgar por mi cara sin querer arriesgarse a decir nada y ella...
... ella un poco sorprendida y desconcertada.
Ese fue el momento decisivo. Me olvidé de mis nervios, de mi inseguridad, la miré y...
- Un café, por favor.