Pinceladas pendientes

Llevo una semana escuchando I’m New Here (2010) de Gil Scott-Heron y sus dos reinterpretaciones, We’re New Here (2011) por Jamie XX y We’re New Again (2020) por Makaya McGraven.

Primero he recuperado el de Jamie XX. Me gustan las bases y el tratamiento que le dio entonces. Llevándolas a su terreno. No me ha desagradado casi una década después.

Después he leído en El País que es poco más que un ejercicio mediocre que parte de un disco de Gil Scott-Heron que no está a la altura de sus grandes trabajos de los ’70, los de Gil, y que no aporta más que su efímero regreso. Me ha hecho pensar en castas culturales y en lo potente que son los prismas que todos tenemos. En cómo las sensaciones de unos son los desechos de otros. Pero principalmente me ha hecho querer pensar en el poeta, en el músico, en el personaje que debió ser Gil Scott-Heron. Y en la ignorancia. En la mía.

Después me he puesto el original, el de Gil Scott-Heron. El disco me ha gustado más todavía. Más de lo que recordaba. He olvidado a Jamie XX. Desaprendido el sonido asimilado y vuelto a lo básico. Me da un poco de respeto -miedo- acercarme a sus trabajos de otras décadas. Me he generado no pocas expectativas.

En su día me costó escuchar este disco. Salvo Me and The Devil. Fue la primera canción que recuerdo haber escuchado suya, consciente de quién era. Pertenece a su último trabajo acechado ya por los estertores de la muerte. Esa penumbra fue adictiva.

Por último me he puesto la última reimaginación. De este año, del 2020, una década después. Un concepto de ritmo menos electrónico y más propio bateristas y gentes del jazz. No quiero decir más clásico, el resultado es totalmente actual. Una búsqueda de sonidos nuevos a partir de herramientas anteriores. Interesante porque no sólo adapta las canciones sino que las dota de estos sonidos complementarios. Lleno de pequeños detalles. Ha ganado muchas posiciones.

En verdad no quería hablar de Gil Scott-Heron, para mi es un personaje a descubrir -este año espero-, sino de la mutación de los gustos. De cómo partes de los referentes conocidos -Jamie XX en mi caso- para volver a la esencia -Gil Scott-Heron, como no- y terminar en el menos probable -Makaya McCraven-.

De cómo dejarse llevar por lo que escuchas al margen de opiniones o modas. De cómo alimentar la curiosidad para saciar el placer. De cómo regalar tiempo al trabajo bien hecho y derogar el sello de caducidad. De cómo abrir la mente y querer. Siempre querer.

La revolución no será televisada, decía el poeta.

Instantes

No sé si tengo pena o curiosidad. O ambas cosas. Llevamos charlando más de media hora. La mitad de ese tiempo suele ser suficiente para saber si el tipo me gusta o no. Es mi norma no escrita. No malgastar el tiempo en improbables polvos. Al menos la conversación es cómoda.

Hemos quedado en un bar del centro. Uno de tantos modernos que restan personalidad al barrio. Copia de la copia de la copia. Cuando empecé a quedar con hombres -si me oyera mi madre- una amiga me aconsejó Nunca quedes en tu casa, puede ser cualquier puto chalado. Y así lo hago. Me cito en bares, restaurantes y en alguna ocasión en el mismo hotel. Pero siempre lejos de mi casa.

El bar, gastrobar, se está llenando, son casi las 9 y la ciudad se empieza a animar. Los jueves son los nuevos jueves. ¡Viva la globalización!. Nos sentamos en la barra, en los taburetes altos, junto a la ventana en el último rincón. Él ha pedido una cerveza, un doble, y yo un vino blanco, espumoso. Luz indirecta. Hilo musical con aires de swing y bossa nova. Cuadros con niebla en al pared. Frío en la calle. Bao en las ventanas. Somos todo cliché. ¿Debería irme?. Me pierdo en lo evidente de la pregunta cuando le escucho mencionar a su hija.

Tiene una hija. Creo que se le ha escapado. No es el tipo de información que una espera. Unos minutos más y me voy a casa. Jodida cortesía. Una vez escuché a unos amigos que habían sido padres recientemente que a los niños hasta los 2 años crecen en meses y después en años. Me animo a preguntarle, para terminar, a pesar de que le noto incómodo.

– ¿Qué tiempo tiene, tu hija?.

– Primavera.

Primavera. En mi cabeza decido que hoy no. Necesito cubrir una necesidad, física, anónima, libre de sentimientos. Según termine la copa de vino, antes de volver a la ciudad, le bloquearé.

O tal vez no.

– La estación de la vida- suspiro, lo suficientemente alto para que me escuche. En verdad me ha enternecido. No lo disimulo. Sin pensarlo y con cierta sorpresa pregunto de nuevo -¿Y su madre?.

Esta curiosidad no es propia de mi. Quiero saber.

Mira a un lado de la barra y luego clava su mirada en mi copa. Con un gesto mecanizado en el tiempo se acaricia el dedo de la alianza que ya no viste, como si notara su olvido al igual que un miembro amputado. Lo hace sin percatarse en absoluto, sería capaz de negarlo y no mentir por ello.

-Murió, hace un añ… de cáncer- Se atraganta un poco y carraspea tragando saliva. -Mi mujer, mi ex- se afana en matizarlo- fue muy rápido-. Aprieta la mandíbula. Contrae la sien. Más tiempo. Calma. Noto como resetea su mente. No debe ser fácil para él. -Mi hija -hace una pausa- mi hija tiene 6 años, es pura dulzura.

– No aparentas ser padre de una hija de 6 años, de 5 y medio- Respondo al instante. La broma libera un poco de tensión. Quiero ser amable pero no condescendiente.

Sonreímos.

Pero en un instante, cambia. Lo he notado.

– Puedes irte cuando quieras -habla atropelladamente- y perdóname por ser tan personal. No debemos hablar de nuestras familias. Mantener la distancia. El espacio personal. No es la primera vez que quedo así y todos sabemos a lo que venimos, si hay consentimiento muto, ya me entiendes, no me malinterpretes.- Suena algo confuso. Perdido en un ciclón de ideas encontradas.

Pero me lo ha escupido a la cara, como una bomba de racimo. Metralla directa a mi ego. Me jode. Me sorprende y me jode. Pongo mi mejor cara y no dejo de mirarle a los ojos.

Sólo se permite mirarme unos segundos. Apura su cerveza.

-Prometí ser sincero -habla casi susurrando- siempre, no importa que situación, me lo prometí a mi mismo y a fe que me cuesta -cierra los ojos y respira profundamente-de verdad que me cuesta. He quedado más veces para, para follar, es una red cojonuda, por eso estamos aquí, pero contigo no puedo. Contigo no puedo. O no quiero. Follar.

La confesión me revienta las entrañas. 5 minutos atrás quería irme, 5 minutos adelante me rechazan. ¿En que momento he perdido el control?. Sin tiempo para asimilar el abismo entre la ternura y la crudeza. Consigo que me aguante la mirada. Mirarse es tan importante como tocar.

Noto calor en sus ojos

Y cierto rubor en sus mejillas.

Me quedo expectante. Ambos estamos confusos. O confundidos. O gilipollas sin más.

– ¿No puedes? ¿conmigo?. ¿Por qué?.

No duda.

-Porque sé que me vas a gustar, a gustar mucho y me siento mal, muy mal. Un hijo puta infiel. No tiene lógica. Hace tiempo. Aunque quién coños sabe medir el tiempo, mucho, poco. Ya no está. No estará. Nunca. Es la puta realidad. Pero noto la bilis, la traición. Tengo miedo de borrar su recuerdo y sobre todo pánico de no saber vivir. A ser un jodido egoísta. Joder. Mierda. Coño.  Sólo digo tacos cuando estoy nervioso.

Suelto una sonora carcajada.

Ya es mío.

Nunca he entendido porque buscamos en lugares imposibles o dejamos de anhelar lo que queremos, más allá de nuestra piel. Han pasado 5 años, como esos 5 minutos.

Todo y nada.

Desde el otro lado

El éxito no depende de uno mismo.

No es una máxima pero podría funcionar si a la afirmación la dotamos de un contexto.

Imaginemos que a grupo musical, joven, con algunos años de historia a sus espaldas, en los que han cambiado de formación y de sonido, con una proyección a priori más que interesante, y que decide arriesgar su tiempo y su dinero y se embarcan en una gira por salas pequeñas, en las que dar a conocer su música.

Imaginemos que recaen en una ciudad con cierto gusto por la música, por la música no sólo comercial. Con un censo de ciudad media. Sin muchas más propuestas ese día. Con un número de posibles espectadores suficiente para llenar una sala pequeña.

Sumando estos factores, el resultado debería ser positivo. Pero, hay un pero, entran en funcionamiento otras incógnitas en la ecuación. Otros elementos que hacen que 1 + 1 no sean 2.

Imaginemos que de esta ciudad dicen que es una plaza difícil. Cuesta movilizar al público, es un mal inherente a demasiadas ciudades. Pero no por falta de pasión, esa cualidad existe, sino por grupos de amigos. Premia más quién promueve que lo promovido en sí. Un mero ejercicio de vacío endogámico. Un local puede ser o no puede ser afín. Y eso es todo.

O quizás, por qué no, imaginemos que el poder de convocatoria, el del grupo, no es el que suponemos. Aunque cueste creerlo en estos aforos pequeños. Entre otros haberes, tienen el reconocimiento de radio3 y su disco lo produce subterfuge. Sin entrar en valoraciones, dos pesos pesados del indie patrio.

Por último, imaginemos que fuimos pocos y vimos a The Levitants en el Monkey Man de Guadalajara.

Así fue.

Este trío de Valladolid con ecos de Editors, Interpol, The Cure, Joy Divison, Pixies, …, presentaron su disco Enola ante una veintena de personas. Una grata sorpresa del 2019. Lo hicieron bien, dejando un buen sabor de boca. Levantando al público para disfrutar un concierto con teclado, batería y guitarra. Con un puñado de buenas canciones, confianza, la maquinaria engrasada y sentido del espectáculo.

No hace falta imaginar que el grupo se lo curraron, que fue estupendo, que Enola es un trabajo seminal de un futuro prometedor.

Cuando una banda destinada a aforos mayores defiende con nota sus canciones no importa cuántas almas tenga delante, merecen como mínimo todo el respeto,

imaginemos o no.

El placer de la música… leída

Durante un tiempo he descuidado el hábito de la lectura. Sí. Creo que es un hábito, que entraña mucho placer, y si no alimentas cae en el olvido. Volver a él ha sido uno de los objetivos que nos marcamos a mitad del año pasado, mi pareja también. Lo hemos logrado de manera distinta. En mi caso he alternado narrativa corta -200 páginas son suficientes para contar la mayoría de las historias- con libros musicales.

Leer sobre música es un gusto que he adquirido con los años.

Cuando era más joven escuchaba mucha más música que ahora, devoraba discos casi sin importar el estilo o si estaban de moda o no. Ante todo curiosidad y había que saciar a la bestia. Leía revistas y fanzines y no recuerdo haber leído un libro sobre un músico en mi puñetera juventud.

Ahora escucho menos discos, seleccionándolos -sobre todo por la falta de tiempo-, sigo manteniendo la curiosidad intacta y quiero y me gusta leer libros de temática musical.

El último que ha caído en mis manos ha sido Había una vez… Sr Chinarro. Conversaciones con Antonio Luque de Manuel Pinazo y Chema Domínguez. Publicado por Muzikalia. Es su primera referencia como editoral. Fue un regalo de reyes y mentiría si no dijese que me hizo ilusión.

Nunca me he considerado un fan del Sr Chinarro. Siempre he prestado algo de atención a sus discos, sin ir más allá. Hasta hace tres años, en unas vacaciones en Portugal en las que después de dormir a las enanas podíamos leer, escuchar música, tomarnos unas cervezas en la terraza, …, elegí como disco El Porqué de mis peinados. Creo que acabada de escuchar en Radio3 Quiromántico y me apeteció. Quizás estaba ahí y no lo sabía, descubrí que me gustaba mucho. Cada cierto tiempo elijo uno de sus discos, a lo loco.

El libro en cuestión está bien documentado y recorre la discografía de Sr Chinarro a través de conversaciones con Antonio. Fluidas, con todo el mérito que ello conlleva.

Particularmente me ha interesado la parte en la que cuenta cómo se gestaron los discos, el por qué suenan así o no suenan de otra manera. Mi conocimiento musical es meramente de oyente y necesito leer a quién sabe verbalizar lo que escucho y no siempre adivino qué es lo que me ronda la cabeza.

Tiene momentos jugosos. Es una persona que no parece callarse ante nada. Me da la sensación que es de ese tipo de gente que es sincera sobre lo que opina y cuando habla no calcula los efectos colaterales de lo que dice, o no les importan, y sus palabras son carne de malentendidos más allá de su primera intención.

Puede ser una peregrullada escribir algo así sobre un tipo que lleva tanto en esto, pero no suelo tener mucho interés por lo que dicen los artistas, sino por su música.

Es valiente en sus opiniones sobre el entorno y al industria musical. No gusta de rendir pleitesías. Realiza un exigente ejercicio de análisis de sus años como músico con mucha autocrítica. La lucidez y rapidez que maneja en las distancias cortas también las aplica en sí mismo. El ejercicio más valiente es hablar de uno mismo y exponerse al respetable.

Tampoco quiero meterme en jardines. Me he propuesto sólo dejar constancia de lo que me gusta sin más. Y este libro lo ha hecho. El resto de opiniones para los profesionales.

Seguro que no a todo el mundo le gusta el Sr Chinarro. A gustos.

Tom, Stolish y Vero o Bea o tú

Los recuerdos son seres caprichosos que no siempre nos muestran su cara más amable. En los secretos de barra de bar siempre he defendido que la memoria es sabia y gusta de protegerse con los años, distorsionando aquello que nos hizo daño para buscar su sabor más dulce. Sin embargo, en soledad, en el espacio que dura entre un adiós y un hola qué tal, mi foro interno quiere -o necesita- diluir esta fantasía edulcorada y proclamar que los recuerdos también hieren y deben hacerlo. Son la sal de la herida. Es vital ser conscientes de los contrarios y de cómo se necesitan.

Los años me hacen dudar sobre gran parte de mis recuerdos. De hecho soy un animal sin recuerdos. No distingo si viví o imaginé o ambas cosas. Las noches de insomnio rodeadas de alcohol tampoco ayudaron. Hablo más en pasado que en presente -o futuro inevitable-. De aquello fastos sólo ato a mi memoria los que he anclado bajo una canción. La música siempre ha sido el comunicador de mis días. Ya he vivido más de la mitad de mi vida… y no espero vivir más años de los que ya tengo. No es derrotismo, es realidad. Los viviré lo mejor que pueda.

Hace un mes aproximadamente, en el enésimo intento de volver a recuperar este blog, escribí unas breves líneas sobe Tom Waits. Acababa de cumplir 70 años. No me disgustaron pero tampoco me convencieron. Sirvieron más que nada para comprobar mi estado de anquilosamiento. Cimentado en gran parte en la falta de costumbre. El hábito hace mucho. Y sirvieron para despertar de nuevo el gusanillo por publicar (los propósitos de año nuevo están condenados a fracasar). Me falta que coincidan tener algo que contar y querer contarlo. Dejemos al tiempo, tiempo.

Tom Waits me transporta a un verano en el pueblo de mi familia. Cuando la edad no es nada y las experiencias están todas sin mancillar. Me trae de nuevo a viejos y perdidos amigos de esos años. Uno de ellos, Ángel, ni siquiera recuerdo bien si era su nombre, me gustaría que lo fuera. Ángel fue quién me presentó a Tom Waits. No había vuelto a pensar en él -ellos-.

Le rodeaba un halo de misterio intimista y humo prefabricado. Además de grunge, nos corresponde por generación, escuchaba jazz, leía libros de culto -lo sé ahora-, gustaba a las chicas más inaccesibles y públicamente dibujaba un personaje odiado e insultado por nuestro grupo, sin cualquier simpatía posible. También escuchaba a Billy Joel. Pero, por encima de toda la parafernalia cultural que construía a su personaje propio de una distopía juvenil, escuchaba a Tom Waits.

En nuestras andanzas descubriendo la pasión, tal vez obsesión, cuándo salías en grupo, me correspondía a mi ser siempre el perdedor, el tercero en discordia. Como buena historia de madrugada, éramos un triángulo de testosterona adolescente buscando quién nos diera protagonismo. Ángel, el sobrao. Julio, el ligón. Yo, nada. Son recuerdos agridulces. Malgasté muchas noches haciendo el ridículo e imaginando un universo paralelo en el que poder ser todo. O al menos un poco. Poca gente me recordará. Bebiendo vodka, hablando de Bea y lo que -más- pudo ser, pero soñando despierto con Vero -por envidia, que los prefería a ellos dos-, leyendo a Kerouac y a Loriga, entre otros, riendo, viendo Resevoir Dogs, ignorando a Rocío -lo más obtuso que he llegado a ser-, Escuchando problemas, desgastando hombro. Y siendo rechazado. Siendo sinceros mi objeto de deseo debió ser de Ángel, fue de Julio. Ambos mis amigos. Ese verano se rompió el calor.

El rocío de madrugada, la mirada esquiva, el silencio no incómodo, sentir tu deseo, mi sorpresa, el roce de la piel, la pérdida de voluntad, la respiración convulsa, tu control y tu rendición, mi control y mi rendición, sudor, mucho sudor, el sonido, entrecortado, no rítmico, más sudor, más sonido, más piel, mi momento y el tuyo, el olor después, y el olvido, la soledad y el olvido.

Nunca me quedé con la chica.

Me gusta cierto caos narrativo, no corregirlo. Que se note que no somos profesionales ni pretendemos serlo. Algún día hablaré de mi pareja. Las coincidencias nos unen, las diferencias nos subliman. Es la historia con mayúsculas que todos debemos contar, sino te equivocas de persona. Pero no es la historia de hoy.

No escucha a Tom Waits…

Yo si.

El Tito Tom lleva la friolera de 70 años en este mundo y no pocos componiendo. No he escuchado todos sus discos, mi abanico musical es exagerado y me cuesta centrarme en un artista o en un estilo determinado. Tengo mis favoritos y recurro a ellos periódicamente. Tom Waits es uno de ellos (no el que más, lo reconozco). Hasta la fecha me quedo con Closing Times, Small Change, Blue Valentine, Swordfishtombones y Rain Dogs. Del ’73 al ’85 (si no me equivoco con las fechas).

¿Una canción de Tom Waits? Romeo is bleeding.

Objetivamente no será su mejor canción, ni siquiera fue la primera suya que escuché, pero si es la que quiero que lo sea. De nuevo, la memoria es caprichosa. Pero los caprichos se pueden malear. Con esta canción empecé a dejarme seducir por su voz de bourbon, su fábula, su vodevil, su rugido, su voz atropellada, su excéntrica manera de crear historias, de hoy, de ayer, de siempre, de las que no protagonice y hubiera matado por, empecé a anhelar la noche eterna, el primer gusto amargo, los recuerdos distorsionados, el saberme no admitido ni encajar en ello, a distanciarme de los sentimientos moribundos, a amar la música no importa su año (no es verdad, lo hice con Jeremy de Pearl Jam, ningún amante es sincero), a amar lejos de la esclavitud del día a día, con oídos necios a palabras sordas, a valorar la perspectiva y sobre todo a inventarme lo que no soy capaz de recordar.

Como hoy.

Tras tres o cuatro años no volví a saber de esos veranos, si de su música. No tengo propósito de encontrarles. El pasado, pasado es. Me ha apetecido vomitar parte y enmascarar otra. Terapia dummie. Por supuesto, nadie ha sido dañado durante la ejecución de estas palabras y bla bla bla.

Porque publicar es una pequeña burla a mi timidez. Siempre he intentado ser valiente con mis miedos, por muy estúpidos que sean y tantos colores que me puedan pintar. Tal vez, sólo tal vez, Romeo siga sangrando…

siempre.